Toda la carne al asador

Macri cambia de estrategia y juega todo lo que tiene para llegar al ballotage.

Marcelo Leiras
12 de junio de 2019 10:06 hs
 

Nuestra nación, como todas, está cruzada por varias líneas de conflicto. La economía, la historia y la cultura ofrecen a los gobiernos y las oposiciones más de una grieta para elegir. Cambiemos eligió la suya en 2015: es la vieja confrontación entre peronistas y anti-peronistas. Su discurso elude esas etiquetas porque el gorilismo clásico es anacrónico, sería difícil de entender para las audiencias actuales, y es un poco impresentable, contradictorio con la liturgia y los modales democráticos inauguradas en 1983. Pero los reproches del gobierno nacional a los protagonistas, las políticas y los simpatizantes de las presidencias kirchneristas son los del canon anti-peronista: irracionalidad, sectarismo, rigidez ideológica, promoción del conflicto, igualitarismo irresponsable, falta de respeto a la ley y hostilidad hacia la prensa. Desde otras tradiciones políticas, al kirchnerismo se le podría reprochar otras cosas. Cambiemos le reprocha estas. No importa si estos reproches son justos. Lo importante es que para muchos votantes es fácil entender y fácil compartir este modo de describir a los adversarios políticos. Cuenta una historia reconocible que muchos creen cierta. 

La vía anti-peronista no era la única disponible en 2015. Cambiemos podía haber sido un gran frente anti-kirchnerista. Para eso, hubiera debido incorporar dirigentes y agrupaciones de origen e identidad peronista. Lo había hecho Pro para ganar la Ciudad de Buenos Aires en 2007. Lo proponían varios miembros de ese partido para llegar a la presidencia ocho años después. Pero en el salto a la escala nacional se impuso la estrategia "purista:" solo miembros de Pro en los cargos más importantes y socios de todos lados menos peronistas. La juzgada fue muy exitosa y eficiente desde el punto de vista del control de los recursos de poder: con menos socios hay que compartir menos. También temeraria desde el punto de vista del gobierno: con un inter-bloque grande pero minoritario en la Cámara de Diputados y una clara minoría en el Senado, el oficialismo se arriesgó a tener mucho conflicto y pocas leyes. Pero este riesgo de corto plazo pareció estar justificado por una apuesta muy ambiciosa para el largo: Cambiemos puede terminar ocupando el lugar electoral que la UCR empezó a abandonar con el Pacto de Olivos en 1993 y el fracaso de la Alianza en 2001. Como observó Juan Carlos Torre en ese momento, esas frustraciones dejaron huérfana de representación partidaria a una parte importante del electorado. El rasgo más importante de esa orfandad es la ausencia de una alternativa que tenga chances de ganarle elecciones presidenciales al peronismo y de gobernar con programas, discursos y elencos claramente distinguibles de los que ofrece éste. Cambiemos interpretó y expresó esa demanda con disciplina y claridad. Hasta hoy.

La elección de Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula de Mauricio Macri señala la intención de hacer un segundo gobierno más ambiguo respecto del peronismo y decididamente corrido a la derecha. 

Pichetto presidió el bloque de senadores de origen peronista desde 2002 y desde allí, entre 2003 y 2015, reunió votos para respaldar muchas de las políticas que el actual gobierno rechaza frontalmente. Defendió la decisión de no permitir el desafuero de Carlos Menem ni el de Cristina Fernández, lo que seguramente no lo acerca a la simpatía de muchos votantes del oficialismo. A su vez, con la decisión, el Presidente pone en duda sus pergaminos anti-peronistas, defrauda las aspiraciones de muchos dirigentes radicales y redefine frente a la opinión pública su sociedad con la UCR y la Coalición Cívica. Si no un frente, armó una fórmula anti-kirchnerista, varios años después del auge del anti-kirchnerismo, cuando muchos peronistas críticos del kirchnerismo apoyan a la fórmula de Fernández-Fernández y adoptan el anti-macrismo como posición y acompañado por un dirigente que, a diferencia de otros peronistas no kirchneristas, esperó para mostrar sus diferencias hasta 2016.

La decisión puede leerse, precisamente, como un esfuerzo por disputarle al binomio ya anunciado la representación del peronismo. La fórmula Macri-Pichetto ofrece refugio a otros huérfanos: los de Alternativa Federal, la mayoría de ellos, justicialistas enfrentados con las presidencias del Frente para la Victoria. La invitación a esos dirigentes aspira instalar dos ideas: que el albertismo es un kirchnerismo y que el peligro de otro gobierno kirchnerista sería tan grande que justifica acompañar a un Presidente que deja una situación social y económica mucho peor que la que recibió. Es difícil que gente convencida de estas ideas no hubiera votado por el oficialismo en un ballotage. La inclusión de Pichetto en la fórmula los invita a acercarse en la primera vuelta. Parece alargar la sobrevida electoral del gobierno hasta noviembre pero hace difícil pensar qué otro gesto fuerte podría ofrecer para crecer en un ballotage. 

Sintetizando: los resultados dirán si el gesto se entiende y si llega a tiempo. Pero no se lleva bien con la trayectoria que el gobierno siguió hasta acá ni con su apuesta de largo plazo

Por otra parte, la apuesta del Presidente tiene efectos hacia fuera. Desafía a la coalición opositora a demostrar que en la vereda opuesta a la de Macri hay mucho más que kirchnerismo y aumenta el costo de una ruptura de la negociación con Sergio Massa. Para el ex intedente de Tigre sería más caro ser percibido como el facilitador de la reelección del actual gobierno y para los integrantes de la fórmula peronista, más caro ser percibidos como sectarios e intransigentes. La crisis económica disolvió la distancia sociológica que podía haber existido entre los votantes del Frente Renovador y los de Unidad Ciudadana. Ahora le toca a las mujeres y los hombres de la oposición ocupar los lugares y representar las esperanzas que el oficialismo deja vacíos.