Marcos Galperín tiene razón

Argentina, la región, el mundo, el mercado laboral y la democracia capitalista en palabras del CEO de Mercado Libre. Algunas reflexiones sobre las definiciones del empresario.

Martín Schapiro
20 de junio de 2019 17:06 hs
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"A mi me gusta la democracia capitalista, que está bastante cuestionada", soltó Marcos Galperin, CEO de Mercado Libre, la empresa con oficinas en el país cuyo valor bursátil supera al de gigantes digitales como Twitter o Spotify. Se refería a los brotes autoritarios que, junto con restricciones comerciales, había traído en su opinión, la llegada al gobierno de Donald Trump.

La crisis económica del 2008 terminó de parir una etapa que ya se insinuaba, tras el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York, con la invasión a Irak. Una etapa en la que los grandes consensos políticos y económicos característicos de las democracias occidentales tiemblan en sus fundamentos, y lejos de la unanimidad sobre la globalización, la desregulación y la virtud intrínseca de los mercados con la que nacieron las grandes empresas tecnológicas, la circulación de las personas encuentran cada vez mayores obstáculos y las barreras a la circulación de bienes -un tabú en tiempos de cadenas globales de valor-, se normalizan como herramienta comercial y política con cada tuit del presidente norteamericano aumentando aranceles. El estancamiento en los ingresos de la mayoría se convirtió en la norma y los beneficios de la integración son puestos en cuestión ya no por jóvenes izquierdistas en manifestaciones antiglobalización sino por los emergentes partidarios de la nueva derecha, muchos de ellos, representativos de sectores del pequeño empresariado nacional, los trabajadores industriales, y de las clases medias periféricas. Aquel capitalismo que conocimos, y con el que muchos crecimos, en tiempos de Trump y de Brexit, está en crisis.

Si el sistema económico está en crisis, difícilmente el sistema político al que da sustento pueda escapar a los cuestionamientos. La pérdida de apoyo de los partidos y dirigentes tradicionales, común a todas las grandes democracias desarrolladas, languidece elección tras elección y, más allá de entusiasmar a algunos, y preocupar o enfurecer a otros, los nuevos emergentes políticos tienen un rasgo común que los diferencia de los viejos: la idea de que el sistema está podrido, que todo está por hacerse y que todo está por cambiarse. Pueden ser hasta figuras del establishment, como el presidente francés Emmanuel Macron, que dice que las reformas y ajustes no fueron suficientes, y apuesta a una Francia con más, mucho más, capitalismo desregulado y a una Europa muchísimo más integrada. Puede ser Alexandria Ocasio Cortez prometiendo muchos más impuestos para los más ricos, educación universitaria y salud gratuitas y de calidad para todos y un Green New Deal que mediante inversiones estatales de escala inédita generen crecimiento económico y enfrenten el problema ecológico o pueden ser Donald Trump y Marine Le Pen prometiendo cerrar todo lo posible las fronteras nacionales a las mercancías importadas y a las personas que sufren desde otras partes del mundo. El problema de estas visiones es que crecen, opuestas, y convierten cada elección en una disputa casi existencial para el país cada dos o cuatro años. Los partidos tradicionales occidentales encarnaron el consenso keynesiano en los "treinta gloriosos" años de posguerra y el consenso neoliberal desde finales de los setenta, cuya mejor síntesis la dio la propia Margaret Thatcher, cuando señaló que su mayor logro había sido Tony Blair y el Nuevo Laborismo. Mirando los emergentes políticos actuales, no parece haber espacio para los grandes consensos ni, por lo tanto, para democracias funcionales.

Mientras las democracias occidentales, con partidos disfuncionales, nuevos emergentes, bajo crecimiento y polarización creciente están en crisis, China, con su régimen de partido único y su aspiración a la homogeneidad social, aparece como el ejemplo de lo que sí funciona. Una economía de alto crecimiento, que saca cada día a cientos de miles de personas de la pobreza y ya no se conforma con ser un mero proveedor de productos y mano de obra baratos en los mercados occidentales sino que compite mano a mano por la primacía en las tecnologías más avanzadas y aparece, en simultáneo, como objeto de fascinación y amenaza en los imaginarios occidentales.

De allí que algunos, como el propio Galperín, saluden lo que perciben como un intento de pararse de igual a igual con China, de discutir en su propio terreno, el de las trabas y las regulaciones. "China se ha venido aprovechando de Estados Unidos y de todos durante décadas y ahora este loco de Trump (...) se plantó. En algunas cosas tiene razón. Facebook, Twitter, Amazon no es que perdieron en China porque son peores sino porque no los dejaron operar", termina su análisis. Un análisis del que, podemos imaginar, deriva la suposición de que los estados deberían apoyar su intento de convertirse, en tiempos del auge de las plataformas, en su indiscutido campeón nacional sudamericano.