La silenciosa contribución a la paz de nuestros robots guerreros

La disputa entre Estados Unidos e Irán en Medio Oriente desnuda una ventaja de las guerras modernas: es más fácil lidiar con pérdidas robóticas antes que vidas humanas.

En mayo de 1960, el derribo de un avión espía U-2 del programa de espionaje de la CIA y la Fuerza Aérea Norteamericana sobre instalaciones nucleares de la URSS creó uno de los incidentes militares más famosos de la historia de la Guerra Fría, el cual fue recientemente retratado en la película Puente de Espías. Dos años después, el presidente J.F. Kennedy enfrentó una situación similar por el despliegue de misiles nucleares en Cuba. Kenny O'Donnell, asesor especial del presidente, ordenó a los pilotos de reconocimiento de los F-8 Crusader enviados a fotografiarlos que regresen con vida, a solo efectos de evitar que Curtis Le May, general de la Fuerza Aérea estadounidense, tuviera una razón más para presionar con un ataque anticipatorio contra la Isla de Cuba. Más recientemente, el 2 de abril del 2001, al inicio de la administración Bush (jr.), un incidente con un avión espía P-3 Orion creó una situación de tensión entre China y EE.UU. cuando, luego de un choque con un avión de la Fuerza Aérea china (PLAAF), tuvo que aterrizar en la Isla de Hainan; la tripulación pasó a ser prisionera del gobierno chino.

En un contexto de tensión internacional, los prisioneros y los muertos agregan siempre un factor adicional en la toma de decisiones. El reciente incremento de las tensiones entre Irán y EE.UU. que tuvieron como resultado el derribo de un avión espía no tripulado (VANT) Global Hawk, generó una escalada verbal en Twitter y una supuesta respuesta militar norteamericana, que según informó el New York times, terminó por resultar abortada. El derribo o captura de esta clase de ingenios militares sobre espacio aéreo iraní no es algo nuevo en la relación bilateral de ambos países. Sin embargo, más allá de las duras acusaciones y amenazas que ambos se profieren, la situación no termina de escalar a una guerra abierta.

Bien puede suponerse que esto se debe en parte a que ambos son conscientes de los costos directos e indirectos que un ataque puede tener para sus intereses. Escalar en el Medio Oriente tiene costos múltiples asociados y ambos saben que saldrían magullados. Seguramente Irán podría pasarla peor desde lo militar, pero no hay razones para creer que EE.UU. no sufriría altos costos, como lo demostró el General del Cuerpo de Marines estadounidenses (USMC) Paul van Riper en un ejercicio militar conocido como "Millennium Challenge".

Sin embargo, esa situación no evita que los involucrados empleen todos los medios disponibles para espiarse y eventualmente prevenir dicha acción. En este sentido, en la dimensión moderna del conflicto militar Humano vs. Máquina hay un costado político de interés para quienes están involucrados en una confrontación. Perder un hombre -en este caso un piloto- no es lo mismo que perder una máquina, por más sofisticada que esta sea. El derribo de una máquina semiautónoma permite moderar el tono de la respuesta que uno de los actores se encuentra obligado a dar,si quiere mantener una dinámica política razonable, evitando la escalada.

Por un instante supongamos que en lugar de un dron Global Hawk, los americanos hubieran perdido un avión EA-18G Growler con sus dos pilotos. No solo tendríamos un incidente internacional con acusaciones mutuas: rápidamente nos encontraríamos con imágenes de pilotos muertos o capturados, obligando a la administración Trump a tomar decisiones más complejas y con mayor rapidez que las que debería enfrentar como consecuencia del derribo de un dron, por más que este sea una de las joyas tecnológicas más costosas del arsenal norteamericano.
Para empezar, es altamente probable que hubieran surgido presiones para escalar, dado que Irán, aún cuando puede ser considerado en la región un actor poderoso, no es Rusia ni China. Irán sigue siendo inferior, por lo tanto es probable que las presiones internas para castigarlos hubiera sido mayor, avalando el lanzamiento de una operación al estilo Desert Fox (1998).
Un piloto muerto o capturado ya no solo sería una cuestión de "no dejar a nadie atrás" o de "traer a los jóvenes de nuevo". La humillación suele ser un factor que no podemos suponer menor en política internacional, y mucho menos para una administración de la cual suele decirse que actúa por impulso. El global hawk es una pérdida cara, pero políticamente menor, y además permite comprar algo de tiempo, manteniendo las líneas de comunicación abierta en canales secundarios, ya que el factor humano no supondría una presión adicional en una situación por demás compleja.
Con el incremento de usos de drones militares es factible esperar un aumento de incidentes, pérdidas y derribos, pero es menos probable que esta clase de incidente implique directamente una escalada en la acción. Peores costos pagó la administración Obama cuando Irán capturó el más avanzado modelo de vehículo autónomo que tenían en el aire: el RQ-170. Aun así, nada pasó: nadie tuvo que disculparse y el prisionero robótico quedó en manos del cuidado de los retro-ingenieros iraníes, olvidado por sus dueños.
Mucho se ha escrito sobre las consecuencias de los vehículos autónomos en los conflictos militares. Ciertamente existen muchas negativas, como el problema de los vehículos autónomos armados. Pero no debemos soslayar el hecho de que nuestros futuros choques robóticos nos darán el tiempo político necesario a pensar sobre el mejor curso de acción a seguir. Al tiempo que nos volvemos más osados, cuando tengamos que lidiar con las consecuencias de esas osadías, nuestros guerreros robóticos podrán comprar el tiempo político necesario para explorar cursos de acción alternativos que un prisionero de guerra o un muerto difícilmente puede comprar a la luz de la opinión pública. Al fin y al cabo, cuando un guerrero robot cae en batalla o es tomado prisionero, ningún comandante deberá escribir una carta a sus deudos y ningún político deberá pedir perdón por las acciones emprendidas. Tal vez, los robots contribuyan a que la sangre no llegue al río.

Juan Battaleme es profesor de Relaciones Internacionales, especializado en Defensa, Tecnología y Política Internacional. Es Secretario Académico del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI).