El velorio del político asesinado por un supremacista.

El eterno retorno del supremacismo blanco

El asesinato de un político alemán por parte de un neonazi y la aparición de una "lista de la muerte" alerta sobre el discurso político de ultraderecha que, en muchos casos, los legitima.

Leticia Martínez
1 de julio de 2019 13:07 hs
leticia@cenital.com  
@aletimartinez

Walter Lübcke fue asesinado de un disparo en la cabeza en su casa el pasado 2 de junio. El político de la Unión Cristianodemócrata (CDU), el mismo espacio de Angela Merkel, era conocido por su postura a favor de los solicitantes de asilo. Por ese motivo era uno de los blancos preferidos de la ultraderecha. Stephan Ernst, un reconocido neonazi de la región de Hesse, en el centro del país, confesó esta semana que es el asesino.

A la par de la confesión de Ernst, y el arresto de otros dos sospechosos, se conoció que otro grupo neonazi robó miles de contactos de la Policía para crear una "lista de la muerte", donde figuraban políticos de izquierda y con posiciones "pro refugiados". Contaban con un enorme arsenal de armas y habían pedido restos de cuerpos para camuflar nuevos cadáveres. El grupo conocido como Nordkreuz mantenía conexiones con las Fuerzas de Seguridad, y era investigado desde 2017 por temor a un ataque terrorista. El Servicio de Inteligencia de Alemania (BFV) quedó bajo la lupa por no haber considerado los mensajes y amenazas como las que el propio Lübcke había recibido.

El hecho que convulsionó a Alemania alerta sobre el resurgimiento de grupos de supremacistas blancos, no solo en el país germano, sino en todo el occidente, en un contexto donde encuentran cierta legitimación política en los discursos xenófobos y racistas de líderes como Donald Trump en Estados Unidos, Viktor Orbán en Hungría o Jair Bolsonaro en Brasil.

El problema es la "raza"

Brenton Tarrant es hijo de inmigrantes y él mismo es un extranjero en Nueva Zelanda. Sin embargo y basándose en un manifiesto que aconsejaba aniquilar a las personas de otros países, el pasado 15 de marzo el joven australiano asesinó a 50 fieles que rezaban en dos mezquitas de la localidad neozelandesa de Christchurch.

El atacante escribió un manifiesto de 74 páginas denominado la "teoría del reemplazo", aseguraba que se debe evitar la sustitución étnica de la sociedad tras la llegada de inmigrantes, a pesar de ser, él mismo, uno. ¿La diferencia? Es que, según Tarrant, sus padres son europeos y las personas a las que acusa de "invadir" son de otros continentes, especialmente de Asia y África. El discurso del ahora detenido, es fiel reflejo del pensamiento de los supremacistas, que consideran que el hombre blanco y europeo es superior al resto del mundo.


La premier de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, abraza a los familiares de las víctimas en las mezquitas.

El origen

Es difícil elegir una fecha del surgimiento del supremacismo blanco, pero sí se puede observar con claridad ya en hechos del siglo XVI, tras la conquista europea en territorio americano. "El racismo demencial que los embargaba les hacía creer que para Dios, los seres humanos buenos y creyentes eran de piel blanca, y los malos y paganos feos y oscuros", explica en diálogo con Cenital, el director de Cultura del Centro Islámico de la República Argentina (CIRA) y profesor de Historia, Ricardo Elía.

Para graficar lo que los conquistadores europeos realizaron en este territorio bajo la idea de civilización y barbarie, Elía cita al historiador búlgaro Tzvetan Todorov para recordar que se calculaba que en el año 1500 la población mundial era de 400 millones, 80 en América, de los cuales quedaron solo 10 en esta región tras poco más de 60 años de conquista. En México, por ejemplo y según explica el especialista, se calcula que vivían unas 25 millones de personas que en el 1600 apenas ascendían al millón.

En el siglo XVIII y en el XIX con más fuerza, el supremacismo blanco comienza a justificar su idea en el darwinismo social, conocido también como racismo científico. Bajo la teoría de Darwin de supervivencia del más apto, basaban su creencia en que los hombres europeos eran superiores al resto, y se pueden hallar signos de supremacismo en el imperialismo. Como "portadores del progreso", se conquistaban otros territorios y se sometía a sus poblaciones. Los movimientos y partidos fascistas de la década de 1930, con el nazismo a la cabeza, son claros ejemplos supremacistas.

¿Qué pasa ahora?

A partir de la llegada al poder de líderes como Trump u Orbán, entre tantos otros, y el crecimiento de partidos de ultraderecha en los parlamentos europeos se instaló un discurso xenófobo, misógino y homofóbico que propugna el rechazo a la inmigración y coquetea con conceptos como "contaminación cultural" por la mayor visibilidad de distintas etnias y religiones.

"Las élites políticas tienen muchísima responsabilidad. Los supremacistas estuvieron dormidos con los discursos de las instituciones de 'ésto no puede ser', pero estaban latentes. Cuando se les legitima a través del discurso, como cuando Trump insiste con el muro puede generar que un sureño vaya y le dispare a un mexicano", explica en diálogo con Cenital, el licenciado en Estudios Internacionales y profesor de Historia, Tomás Listrani.

Los casos como el de Tarrant, que se confesaba seguidor de Donald Trump por ser un "renovador de la identidad blanca", o el de los dos jóvenes que asesinaron a siete personas en una escuela de Brasil, y que decían ser admiradores de Bolsonaro y su política de armas, deja a las claras lo peligroso que pueden ser los discursos que se escuchan cada vez más de la mano de dirigentes ultraderechistas.

"El legado de los movimientos criminales y racistas de Hitler y Mussolini han sido rediseñado en el siglo XXI por líderes racistas y populistas como Orbán en Hungría, Matteo Salvini en Italia, Bolsonaro y Trump, entre otros. Todos ellos eurocéntricos, racistas, intolerantes, discriminadores y xenófobos que promocionan el supremacismo blanco", agrega el director del Centro Islámico sobre la dirigencia política. Elía plantea que en el "rediseño" de esas agrupaciones ultraderechistas los seguidores del Islam pasaron a ser los principales damnificados: "Los musulmanes, ante estas corrientes racistas que crecen día a día y hegemonizan el discurso discriminador e intolerante, se han convertido en los judíos del siglo XXI".

Las palabras y las cosas

Listrani destaca el carácter reaccionario como ideología que tienen los grupos supremacistas. Según esta idea, el "otro" es alguien amenazante, que quiere "cambiar los valores de la sociedad", y por eso abogan por volver al pasado y mantener la identidad de nación "blanca" y "cristiana". Y realiza una diferencia. Mientras que durante el imperialismo el supremacista iba al territorio de su enemigo bajo el afán de conquistarlo, hoy ese "otro" es un "enemigo interno" que vive en su país.

Los perpetradores de los ataques pueden pertenecer a movimientos reaccionarios o actuar como "lobos solitarios". Entre los atentados más violentos se encuentran el antes mencionado ataque a las mezquitas en Nueva Zelanda, el ataque a una sinagoga en Pittsburgh en el Estado norteamericano de Pensilvania, donde el atacante asesinó a 11 personas en octubre de 2018, o el ataque del racista noruego Anders Breivik, que asesinó a 85 personas, la mayoría en un campamento de la juventud del Partido Laborista, tras publicar un manifiesto en que culpaba a la dirigencia política por la inmigración masiva.

Además del incremento de ataques terroristas, también aumentaron los episodios que constan de insultos o profanaciones a espacios religiosos. El pasado febrero, en Francia se registró una multitudinaria movilización en rechazo al creciente antisemitismo, luego de un ataque a un cementerio judío donde profanaron más de 80 tumbas, entre otros episodios violentos, en el país europeo con la comunidad judía más grande de Europa.


En números

En el 2018, según un informe de Cnews, el 48% de los actos considerados racistas en Francia fueron contra los judíos, mientras que según el Colectivo contra la islamofobia en el mismo año en el mismo país se registraron más de 650 actos contra musulmanes, de los cuales el 70% de las agredidas eran mujeres.

En los Estados Unidos, según datos del FBI los delitos conocidos como "de odio" aumentaron el año pasado en un 17%, lo cual llevó la cifra de ataques a los 7.175 delitos en el 2018. Del total, tres de cada cinco de las agresiones fueron por cuestiones "raciales" o "étnicas", y uno de cada cinco por religión.


Marcha de grupos de ultraderecha.

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Los grupos supremacistas blancos existieron siempre en las márgenes de la política. El rechazo al "otro", migrante, musulmán o judío, constitutivo de estos sectores, mantenía su presencia en el inconsciente de la sociedad, pero generaba anticuerpos. Desde los grandes partidos, los trataron con preocupación y desprecio, siempre en la frontera entre la libertad de expresión y el terrorismo.

La llegada al primer plano de discursos políticos que van en la misma línea de pensamiento, que remiten a pasados gloriosos, identidades nacionales puras y un decadentismo que sólo tiene antecedentes en los discursos de los años '30 llevó a que, de marginados, se sientan otra vez legitimados.

Con partidos como Vox que reivindican a Franco en España, el Ministro del Interior de Italia que sale a la caza de barcos que prestan ayuda a refugiados, o el Gobierno de los Estados Unidos que crea campos de detención para niños solicitantes de asilo, estos grupos pueden verse a sí mismos como una versión apenas menos moderada de aquello que hoy disputa el poder. Y siempre es tentador sentirse vanguardia.