El conflicto global en los océanos, esa costumbre marinera de mostrarse los dientes

Los mares y su explotación, marco privilegiado de la expansión del comercio mundial durante la globalización, se convierten, cada vez más, en el escenario de pujas entre Estados y disputas por la hegemonía regional y global.

Martín Schapiro
29 de julio de 2019 12:07 hs
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El barco era de bandera rusa y habían pasado apenas días desde que el presidente Volodymir Zelensky se había comunicado telefónicamente con Vladimir Putin para intentar calmar la guerra híbrida que se vive en el Este del país. Sin embargo, el buque fue retenido y la tripulación detenida, aunque liberada y devuelta a Rusia a la brevedad. Meses antes, Rusia había retenido y detenido cerca de allí a tres embarcaciones ucranianas y sus veinticuatro tripulantes, que permanecen detenidos a disposición de los tribunales rusos.

Incidentes

Este tipo de incidentes, una rareza hace algunos años, se multiplicaron recientemente, y los mares cobraron protagonismo. El ocaso del mundo integrado y basado en reglas que presagiaba el orden internacional liberal consagrado tras la caída del Muro de Berlín parece encontrar lejos de las costas, donde los criterios de soberanía son más nebulosos y controversiales, un terreno fértil para desplegar las pugnacidades emergentes, mientras la navegación refuerza su carácter estratégico para el comercio y la economía internacionales.

La escalada en el estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo del mundo, son indicativos. Allí Irán fue acusado por Estados Unidos de atentar contra buques de otras naciones en aguas internacionales, en episodios que recrudecieron el enfrentamiento entre ambos países, el derribo recíproco de drones de vigilancia es el último capítulo de una escalada que no muestra signos de agotamiento. Las tensiones se trasladaron también a países aliados. La captura de un buque petrolero iraní por parte del Reino Unido, con la acusación de estar dirigiéndose a Siria, y la respuesta proporcional iraní, con la detención y captura de un barco británico dieron la bienvenida al flamante Primer Ministro, Boris Johnson, con una crisis internacional.

Si el Medio Oriente es una fuente habitual de conflictos, su vecindad hoy vive la situación más compleja en décadas. El descubrimiento de reservas gasíferas en la isla de Chipre, y los acuerdos del país con Grecia, Israel y Egipto para su explotación, generaron la reacción de Turquía, que defiende los derechos de la población de origen turco asentada en el norte de la isla, y no contemplada en las negociaciones por habitar un país sin otro reconocimiento internacional que el de la propia Turquía. La armada turca amenazó a buques gasíferos de multinacionales europeas y escoltó los suyos propios hacia sectores marítimos cercanos a la isla.

En todos los casos, los Estados privilegiaron el recurso directo a la fuerza por sobre las protestas o la acción diplomática. Sin embargo, como señala el investigador Martín Pizzi, "una característica del poder naval es la posibilidad de hacer un uso limitado del mismo, la interdicción y hasta el cañoneo de un buque son medidas sencillas de ejecutar y de alto impacto y repercusión". A diferencia de otros usos de la fuerza, este tipo de acciones acotan, aunque no suprimen, la posibilidad de respuestas bélicas. En tiempos de cadenas de valor globales, además resultan útiles para poner en cuestión la viabilidad de actividades comerciales y, con relativamente poco despliegue, generar temor en potenciales inversores. Un recurso que cobra especial importancia como herramienta defensiva ante la administración Trump, que ha privilegiado el valor del dólar como moneda de intercambio y el acceso al mercado norteamericano como medio para presionar y sancionar a otros estados.

La competencia hegemónica

Los incidentes en los océanos son, para Francisco de Santibañes, del Wilson Center e integrante del comité ejecutivo del Consejo Argentino de Relaciones internacionales, síntoma de la inestabilidad que se vive producto de la creciente bipolaridad sino-norteamericana. "Los últimos dos siglos vivimos bajo la hegemonía de las armadas del Reino Unido y los Estados Unidos, lo cual trajo estabilidad". Aunque China todavía esté muy lejos de rivalizar militarmente con los Estados Unidos, su estrategia de expansión marítima aparece extremadamente ambiciosa.

De los diez principales puertos para containers del mundo, seis están en China, y empresas chinas tienen participaciones significativas en los puertos más importantes del mundo en casi todas las regiones del mundo. Los puertos de Gwadar, en Pakistán, así como Sri Lanka y Myanmar, construidos a partir de acuerdos de Estado a Estado, garantizan a China el acceso al Océano Índico, mientras en la Unión Europea generó creciente preocupación la adquisición de participaciones en dos de los puertos más importantes y estratégicos. El de Rotterdam, al norte del continente, donde una empresa china controla el 35% y el del Pireo en Grecia, en las costas del Mediterráneo, donde operan como accionistas mayoritarias. Si bien es normal que los puertos se operen de modo trasnacional, la preocupación occidental aparece desde que los puertos son parte del programa del cinturón y la ruta, percibido como parte del proyecto expansivo chino.

Los mayores riesgos marítimos para la estabilidad global, sin embargo, tienen un marco geográfico concreto. El llamado Mar del Sur de China, en el PacÍfico, por donde pasa la tercera parte de los buques comerciales del mundo, y donde China rivaliza en sus reclamos de soberanía con Vietnam, Filipinas y Taiwán. También en este caso, y más allá de la retórica oficial, que promueve la resolución de conflictos mediante el diálogo bilateral, China actúa también de forma asertiva, intentando consolidar hechos consumados en el territorio mediante la construcción de islas artificiales desde las cuales ejercer una soberanía ya no sólo marítima sino de establecimiento permanente. Como respuesta, buques de guerra norteamericanos realizan periódicamente travesías en la región para "garantizar la libertad de navegación". Las protestas recíprocas son crecientes y agresivas.

La razón de la fuerza

Lejos de las promesas de la globalización noventista, de progreso indefinido y de una creciente interacción, interdependencia y armonía, e incluso la creencia de que el crecimiento económico terminaría por homogeneizar los sistemas políticos en democracias liberales, los nacionalismos y las disputas de poderes estatales recobraron toda su fuerza.

Aunque de mirar al mundo advertiríamos la casi inexistencia de conflictos bélicos abiertos entre Estados, conflictos híbridos como los de Siria, Libia y Yemen; ocupaciones limitadas como la de Crimea, Ucrania, por parte de Rusia y Afrin, en Siria, por parte de Turquía encienden las luces de alarma sobre la preferencia de Estados y gobernantes por la acción directa. Tampoco la predilección del gobierno de Trump por las sanciones comerciales por sobre la intervención militar modifica la lógica de imposición unilateral de las decisiones. Y si bien, hasta el momento, cada conflicto se ha mantenido contenido en su expansión no está claro que aquello vaya a mantenerse.

La reciente publicación del "libro blanco" sobre la defensa china mantiene abierta la posibilidad de hacer uso de la fuerza en caso de conflicto en Taiwán y rechaza el involucramiento estadounidense en la región Asia Pacífico. Del lado norteamericano, la Doctrina de defensa vigente establece como objetivo estratégico el mantenimiento de la abrumadora superioridad militar y señala a China como una de las principales amenazas. En este marco, los mares prometen ser terreno de disputa. Allí también se verán amenazados los sueños de integración globales.