La relación con Brasil: esquirlas antes del amanecer

Las declaraciones de Bolsonaro contra Alberto Fernández, y las amenazas de su ministro de Economía hacen peligrar el futuro de una alianza estratégica.

17 de agosto de 2019 22:08 hs

Martín Schapiro
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Leticia Martínez
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El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, en la antesala del período electoral, había sido enfático en su apoyo a la reelección del presidente Mauricio Macri. Contrariamente a lo esperable, tras el resultado de las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), donde Fernández obtuvo el 47,1% de los votos, 15 puntos por encima del actual mandatario, el ultraderechista no moderó el tono en relación al ganador.

"Como Venezuela"

Primero, en un discurso el lunes, Bolsonaro arengó a los habitantes de Rio Grande do Sul, un estado fronterizo del que dijo que, de confirmarse el triunfo de Fernández, podría convertirse en un destino para los argentinos, que comenzarían a "huir" de su país, equiparando la situación con la de Roraima, en el norte amazónico, donde se establecieron decenas de miles de venezolanos que escapan de la crisis política, económica y humanitaria que sufre su país. Fernández respondió sin bajar el tono. Cuando le consultaron por las declaraciones del brasileño, sostuvo que "es un racista, un misógino, y un violento", y aprovechó también para demostrar su apoyo al líder del Partido de los Trabajadores (PT), y ex mandatario de Brasil, Lula Da Silva, hoy preso en Curitiba. "Lo que le pediría al presidente Bolsonaro es que lo deje a Lula libre y que se someta a elecciones con él en libertad".

Un día después, en el estado nordestino de Piauí, Bolsonaro redobló la apuesta. "Vean lo que pasa en Argentina, está sumergida en el caos, comenzó a transitar el rumbo de Venezuela porque en las elecciones primarias delincuentes de izquierda comenzaron a volver al poder", aseguró.

Lo que durante la campaña parecía un intercambio verbal, en el que el presidente brasileño actuaba al límite de la diplomacia, hoy asoma como el primer problema internacional que debe enfrentar quien aún no es siquiera presidente electo, ya que al tono extremadamente agresivo de Bolsonaro, se agregaron amenazas del hombre fuerte del área económica, el ministro Paulo Guedes, quien puso en duda la continuidad del Mercosur, además de repetir, literalmente, el guión del sector del oficialismo que desconoce las posibilidades de Alberto Fernández de ocupar plenamente su rol como presidente.

"El Mercosur es un vehículo para que abramos la economía y si (Cristina Fernández de) Kirchner entra y quiere cerrar la economía, nosotros salimos del Mercosur; vamos a abrir la economía de cualquier forma", aseguró el funcionario, uno de los principales articuladores del acuerdo con los países europeos. Muy distinta a la postura de acercamiento que mantuvo con Macri en junio pasado, cuando, de visita en el país, sugirió que la Argentina y Brasil podían adoptar una moneda común.

Las declaraciones de Guedes y Bolsonaro no pueden tomarse de manera liviana, por el peso de Brasil, porque recuperan internas existentes en el país vecino y porque dejan abiertos dos frentes que Alberto deberá enfrentar incluso antes de asumir, si llegara a convertirse en presidente electo.

Demasiado ruido

La comparación entre Argentina y Venezuela no tiene, a nivel internacional, el mismo peso que, como un casi grotesco eslogan de campaña tiene a nivel interno. Argentina integra hoy el Grupo de Lima junto a otros doce países, entre ellos Brasil, Chile, Perú y Paraguay, que consensuaron una postura de presión sobre el gobierno de Maduro, a quien sindican como dictador, al tiempo que reconocieron la autoproclamación de Juan Guaidó como Presidente, refrendado por la Asamblea Nacional. Esta posición, que acercó a Macri con su par brasileño, podría cambiar con una gestión de Fernández, quien se mostró más cercano a las posiciones de México o Uruguay. La modificación enfrentaría a la Argentina no solamente con Brasil, sino con los Estados Unidos, que apelaron al grupo de Lima para dar respaldo a su postura de máxima dureza con el régimen venezolano, ampliando recientemente las sanciones sobre el país caribeño.

La alianza estratégica con Brasil es uno de los raros consensos de toda la dirigencia argentina. Macri, Fernández, Lavagna, Scioli, Massa y Cristina remarcaron en cada una de sus campañas, en 2015 y ahora, la importancia de preservar el vínculo. Ni la recesión en Brasil desde el último mandato de Dilma, ni el cierre de la economía durante el último de Cristina Fernández, ni la crisis económica del gobierno macrista desde abril del año pasado modificaron esa percepción de Brasil como socio preferente. En el país vecino, sin embargo, la relación se pone en cuestión y reproduce algunas discusiones que se dieron dentro de la Argentina en la segunda parte de la década del noventa. En aquel entonces fue el gobierno argentino el que protestó la devaluación unilateral de la moneda brasileña, Cavallo, el que cuestionara la utilidad de la sociedad con el país vecino, mientras el alineamiento desenfadadamente occidental del menemismo llevó a la Argentina a ser designada como aliada extra-OTAN por el gobierno de Bill Clinton, ante las protestas del gobierno de Fernando Henrique Cardoso.

Bolsonaro se alineó de manera expresa y directa con los Estados Unidos y, muy enfáticamente, con su presidente, Donald Trump. Guedes advirtió desde el día de la elección del presidente que su prioridad no sería el Mercosur sino la apertura de otros mercados, y tanto el presidente como su ministro mostraron, al comienzo de su mandato, cierto desprecio por la relación con Argentina. Esta postura, sin embargo, no es unánime en el gobierno, y desde el estamento militar se ha señalado en varias ocasiones la importancia de la relación. El enfrentamiento con un gobierno argentino percibido como izquierdista podría fungir de excusa para avanzar sobre la alianza. No extraña entonces que la primera voz discordante dentro del gobierno haya sido la del vicepresidente Hamilton Mourao, general de reserva, quien señaló la importancia de preservar los lazos con la Argentina gane quien gane. También el gobernador de San Pablo, Joao Doria, a pesar de posicionarse en la derecha del espectro político, pidió respetar la decisión argentina y priorizar la amistad bilateral. Tampoco extraña. San Pablo es el principal centro industrial de Brasil, y Argentina, el principal destino de las exportaciones industriales del país.

El primer desafío

Las amenazas y declaraciones agresivas, injuriantes o degradantes pueden ser respondidas o ignoradas por el candidato Alberto Fernández de acuerdo a la conveniencia de la campaña, pero su persistencia, tono y el hecho de que no vengan exclusivamente de las necesidades de arenga del presidente brasileño, sino que obedezcan a un esfuerzo concertado para dañar una relación que en Argentina se considera estratégica. Es posible que, de resultar electo en octubre, Fernández deba atender la relación con Brasil incluso antes de asumir, y con mayor urgencia que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

La posibilidad de establecer relaciones fluidas con la burocracia estable de la cancillería brasileña, los militares, sectores empresariales y de la sociedad civil, la posibilidad de coincidir con algunos o todos estos sectores en cuestiones claves como la actuación en la región, la relación con China, el acuerdo con la Unión Europea o la colaboración existente en materia nuclear serán claves para encarrilar un vínculo en el que la diplomacia presidencial aparece compleja. Alberto Fernández deberá pensar también como responder ante una agresión que, si fuera presidente de los argentinos, lo sería contra su investidura, debiendo elegir entre los riesgos de la escalada y los que conlleva la pasividad.