China y Estados Unidos: diario de la Guerra del Cerdo

El enfrentamiento entre las potencias es un problema estructural, llamado a generar turbulencias globales a mediano plazo.

Martín Schapiro
19 de agosto de 2019 16:15 hs
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El contexto era la crisis financiera internacional de 2008. La reunión de presidentes del G-20 acordó tomar medidas coordinadas para enfrentar la crisis evitando una guerra de monedas. Fue la primera (y quizás la única) reunión de ese grupo en la que fue posible mostrar avances coordinados, negociados en forma multilateral.

Diez años después, Buenos Aires se mostró como el escenario más evidente de la transformación de aquel foro en un teatro para los acuerdos bilaterales en las márgenes de la reunión principal, en la que apenas se negocia una declaración conjunta de compromisos laxos y genéricos. La reunión entre Xi y Trump pospuso durante algunos meses el inicio de una ronda de sanciones comerciales que, sin embargo, llegó. La siguiente reunión, en Osaka, fijó apenas una tregua inestable, y no alcanzó a garantizar más que un mes de relativa calma. Donald Trump anunció para septiembre aranceles del 10% a los productos chinos que no estuvieran alcanzados por las tarifas de 25% impuestas sobre otras exportaciones del país asiático. Los nuevos aranceles afectarían exportaciones por 300.000 millones de dólares, se sumarían a los bienes por 250.000 millones alcanzados por aranceles anteriores. Trump aceptó posponerlos hasta diciembre, con la mira en obtener un acuerdo favorable que viene anunciando desde su cuenta de Twitter y del que todavía no se sabe que características tendría. Debido al desbalance del comercio bilateral - China vende a Estados Unidos muchísimo más que lo que le compra - el país asiático no tendría posibilidades de responder con medidas retaliatorias similares, y debe recurrir a otras estrategias.

Alimentar al dragón

Las respuestas chinas anunciadas, también congeladas, y por ahora circunscritas al ámbito económico, toman nota de esta circunstancia. Por un lado, el gobierno puede ordenar a empresas estatales suspender las compras de productos agrícolas norteamericanos. Por otro, ya acudió a mecanismos más tradicionales en Asia - Taiwán, por ejemplo, la empleó habitualmente-, como permitir la devaluación de la moneda nacional para evitar afectaciones en el comercio exterior. Ninguna de las medidas parece sin embargo destinada a establecer un nuevo equilibrio, sino apenas a forzar, de una manera tal vez más hostil que la originalmente prevista, a los Estados Unidos a no patear el tablero.

China necesita mantener alto su crecimiento. El proceso de reducción de pobreza más exitoso de la historia y la incorporación masiva de ciudadanos al consumo y la clase media es el único antídoto para hacer tolerable el marcado crecimiento de las desigualdades económicas. El conocido efecto contractivo de las devaluaciones sobre salarios y poder adquisitivo se suma a los problemas ya existentes desde que se iniciaran las tensiones con los Estados Unidos. El crecimiento, aunque se mantiene alto, es el menor en casi treinta años, y las trabas en el acceso al mercado norteamericano amenazan la armonía de una transición desde una economía exportadora, de salarios relativamente bajos, a una de consumo interno, que compite en la frontera tecnológica. China, la más beneficiada por la expansión del comercio y la generación de cadenas de valor globales, encuentra en el actual gobierno norteamericano una traba seria para su desarrollo.

Un animal herido

Los Estados Unidos de Donald Trump trajeron una novedad llamativa. Desde la campaña, el actual presidente norteamericano viene denunciando que prácticamente todos los países del mundo utilizan el sistema en contra de los Estados Unidos. Los tratados de Libre Comercio, los foros e instituciones multilaterales, los tratados de defensa del medio ambiente, y los acuerdos de colaboración militar son, en la visión del presidente norteamericano, herramientas para que los países más pequeños obtengan ventajas a costa de los contribuyentes y consumidores norteamericanos. La curiosidad es que ese sistema de reglas fue diseñado por los propios Estados Unidos de América.

No es evidente aún si Trump es apenas una anomalía en el sistema político norteamericano, en su cuestionamiento a la vigencia del sistema, o si es un parecer más compartido y hay que esperar, en lo sucesivo, que esas "atipicidades" se extiendan a través de todo el arco político. La percepción de China como una amenaza a la primacía global norteamericana que debe ser combatida es, desde la última presidencia de Obama, un consenso de las élites políticas y militares estadounidenses. En cuál es la mejor estrategia para contrarrestar esa amenaza, sin embargo, el acuerdo está lejos. El Tratado Transpacífico, que conectaría a Estados Unidos en un acuerdo de libre comercio con todas las economías oceánicas asiáticas a excepción de China era una estrategia de contención que, sin embargo, fracasó en el seno de Washington, el mismo lugar en que fue ideada. En la campaña de 2016, ni siquiera Hillary Clinton defendía su ratificación. Hoy, el Partido Demócrata, con candidatos como Elizabeth Warren y Bernie Sanders se hace eco de las insuficiencias y contradicciones de esta etapa del capitalismo globalizado para garantizar el bienestar de los estadounidenses, y abogan por rediseñarlo. El apoyo al orden liberal cruje por derecha y por izquierda, aunque los grados de crítica varíen enormemente.

Las grietas en los cimientos

El reconocido politólogo norteamericano Graham Allison recupera el concepto de la "Trampa de Tucídides". El historiador griego narró la guerra entre Atenas y Esparta, y señaló sus causas. "Lo que hizo la guerra inevitable fue el crecimiento del poder de Atenas y el temor que eso causó en Esparta". Cuando una nación emerge, el modo de defender el status quo es, casi siempre, la guerra. Allison identifica dieciséis casos de transiciones de poder en la historia occidental reciente, y encuentra que en el 75% de los casos, el resultado fue la guerra, por lo que alerta sobre la posibilidad de un enfrentamiento militar entre China y los Estados Unidos. Señala que los conflictos se hacen inevitables porque las potencias emergentes, por su propio peso, empiezan a reclamar y a ocupar mayores espacios en la toma de decisiones globales y en la fijación de normas, y eso genera malestar en los poderes establecidos, que defienden su primacía y se preocupan de la potencial amenaza que generaría el crecimiento de un rival. Por ello, aún sin que existan agresiones, el enfrentamiento es determinado por la propia dinámica del crecimiento.

La paradoja, sin embargo, es que China se presenta a sí misma como la mayor defensora del status quo, algo que expuso de modo rutilante la disertación de Xi Jinping en la Conferencia de Davos, en defensa del libre comercio. Si bien aquel discurso es memorable, lo cierto es que el crecimiento de China no se explica por su adhesión a las reglas, sino por haberlas aprovechado de ellas en sus propios términos, sin renunciar a imponer desde el Estado importantísimas condiciones a su apertura, gracias a la enorme potencia de su fuerza laboral y, posteriormente, su gigantesco mercado interno, consolidando un modelo de capitalismo y gobierno diferente del occidental. Son los Estados Unidos, muy marcadamente desde la llegada de Trump, pero aún antes, quienes cuestionan en mayor medida las normas. Si desde la invasión de Irak en 2003 quedó claramente establecido que el país del norte no se consideraba en modo alguno limitado por ninguna normativa internacional para intervenir militarmente, la llegada de Donald Trump trajo como novedad el recurso de utilizar, de forma indiscriminada el acceso al mercado norteamericano como herramienta para la imposición unilateral de sanciones. Un mecanismo que había sido reservado únicamente a Cuba y que hoy afecta desde las negociaciones fronterizas con México hasta el destino de Venezuela y, por supuesto, la relación con China.

Un lugar en el mundo

En el marco de esta disputa, es probable que no sean ni China ni Estados Unidos los que añoren un sistema de reglas y acuerdos más o menos estable. En cualquier disputa de poder, son los poderosos los que están en mejores condiciones de adaptarse, y los débiles los que más sufren. Por otro lado, las acciones intempestivas como las que Trump amenazó tomar ante México son mucho más probables en contextos en que el miedo amenaza a una gran potencia. A diferencia de la Guerra Fría, donde se constituyeron bloques más o menos estables y reglas de convivencia (al menos en los países centrales, no fue el caso del sur de Asia, África y América Latina), la disputa entre China y Estados Unidos no parece generar adeptos para sumarse a uno u otro bloque. Estados Unidos no ofrece nada parecido al Plan Marshall que ofreció a Europa o el "desarrollo por invitación" que permitió en el este asiático, otorgando financiamiento y acceso a sus mercados tras la Segunda Guerra Mundial, y apenas se conduce con amenazas de represalias a quienes se asocien con su rival en áreas sensibles. Las promesas chinas de grandes inversiones, cuya mayor exponente es la iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, a excepción de África, no terminan de materializarse, y las relaciones económicas con el país son recibidas con dosis similares de entusiasmo y resquemor ante la dependencia que generaría.

Sin certezas, los demás países buscan su lugar en el mundo. Una América Latina donde la integración es un anhelo cada vez más lejano, consolida su doble dependencia, de la demanda china y la tasa de interés norteamericana. Una situación que seguramente habrá de traerle problemas en un contexto de volatilidad y enfrentamientos en aumento, y que reducirá los márgenes de maniobra de las autoridades electas. La Unión Europea, cuyo volumen económico como mercado la situaría como una tercera voz en el debate global, está lejos de encarar las reformas políticas que requeriría hacer viable esa posición. El auge de las derechas nacionalistas, y la poca disposición a la solidaridad presupuestaria evidenciada muy especialmente en la crisis griega hacen difícil pensar en un bloque regional homogéneo capaz de disputar poder. Por lo demás, los mismos fenómenos que impiden la formación de un bloque debilitan la posición de la Unión como portadora de valores globales.

No parece pulseada entre China y Estados Unidos vaya a resolverse en el corto plazo, aunque atraviese etapas de mayor o menor distensión. Tampoco parece que, en el corto plazo, los terceros países encuentren incentivos para alinearse en uno u otro lado y poner presión sobre alguna de las potencias para hacerla ceder. En el futuro es de esperar que estas tensiones sean la nueva normalidad, en un mundo en el que la incertidumbre será la marca por mucho tiempo en un mundo en el que la disputa por la primacía global no incluye aún el liderazgo.