Jeremy Corbyn en su laberinto

El líder laborista modifica su postura con el Brexit en un intento por retomar el protagonismo que supo tener años anteriores, cuando se acercaba al poder. Los interrogantes sobre la viabilidad de esa estrategia persisten.

Juan Elman
20 de agosto de 2019 12:08 hs
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@juan_elman

Atrás quedaron los días en los que a Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista, lo presentaban como a una estrella de rock en festivales desbordados de jóvenes. En ese entonces, a mediados de 2017, Corbyn acababa de sorprender en una elección general convocada por Theresa May. Había arrancado la campaña veinte puntos abajo de los Conservadores y terminó reuniendo un 40% de los votos, el mayor porcentaje obtenido por el Laborismo desde 1945; pese a quedar segundo, aumentó el número de escaños de su partido y le amputó la mayoría a Theresa May, cuyas dificultades recién comenzaban a aflorar. En el Reino Unido del post Brexit, se decía, Jeremy Corbyn sería Primer Ministro, e iniciaría así una nueva era para la socialdemocracia británica, bien lejos de las ambiciones centristas de Tony Blair. La prensa, el sistema político y el resto de Europa así lo intuían.

Dos años después, Corbyn registra índices de popularidad dignos de pesadillas, los cuestionamientos dentro de su partido -algo con lo que convive desde que se convirtió en líder- se intensificaron considerablemente y su hoja de ruta al poder muestra varios espacios en blanco.

La de Corbyn no fue la única promesa incumplida. Ya pasaron más de tres años desde el referéndum del Brexit y por ahora Reino Unido sigue dentro de la Unión Europea. Theresa May, quien había prometido conducir la salida, se vio obligada a renunciar después de tres derrotas humillantes en el Parlamento. El reloj ahora corre para Boris Johnson, el sucesor de May, que no solo prometió hacerse cargo sino que amenaza con una salida sin acuerdo, una posibilidad que se hace cada vez más real con el correr de los días.

El Brexit dividió y revolvió las aguas de la política británica. Las ambiciones de Corbyn fueron una más de una larga serie de ahogos en el camino.

La semana pasada el líder laborista intentó retomar el protagonismo. En una carta dirigida a otros líderes de partidos opositores y referentes parlamentarios, Corbyn propuso una moción de censura contra Johnson cuando el Parlamento vuelva a entrar en funciones luego del receso en el que se encuentra, el 3 de septiembre, y formar un gobierno provisorio para solicitar una prórroga del Brexit a la Unión Europea, convocar a unas nuevas elecciones y así evitar una salida sin acuerdo. Si esa elección tuviera lugar, promete Corbyn, el laborismo incluiría la propuesta de un "voto popular" sobre los términos de salida, con la opción de un segundo referéndum que pueda anular Brexit.

La maniobra, que todavía carece de apoyos suficientes para prosperar, significa la consolidación del viraje en la posición de Corbyn frente a la Unión Europea, avalando la posibilidad de volver a votar. Los interrogantes que abrió el referéndum sobre su proyecto político y figura volvieron a la luz.

¿Borrón y cuenta nueva?

La principal condición que hizo posible la gran performance electoral del 2017 ya no existe más: Jeremy Corbyn se vio obligado a tomar una posición más clara respecto a Brexit. Si en ese entonces bastaba con posicionarse como defensor de un soft Brexit, en el que Reino Unido mantuviera una relación cercana con la Unión Europea, quedándose en la unión aduanera y alineado al mercado común, el acuerdo que consiguió May en Bruselas, su posterior fracaso y la llegada de Johnson, partidario de un Brexit duro, tacharon la postura de Corbyn como poco creíble y anacrónica. En los últimos dos años, las voces que pedían por un segundo voto fueron ganando seriedad en los medios y frentes partidarios -y especialmente entre la juventud- mientras las medias tintas palidecieron. Tanto los fervientes europeístas como Tony Blair como los más recalcitrantes euroescépticos como Boris Johnson y Nigel Farage lo entendieron: el Brexit se convirtió en una disputa a todo o nada.

La estrategia de Corbyn no era solamente la de erigirse como un defensor de un soft Brexit: se trataba también de desviar el foco de conversación hacia otros temas, como las medidas de austeridad que había tomado el gobierno conservador de David Cameron y que luego profundizó May, y su propuesta para el país, mucho más radical que la venían ofreciendo líderes laboristas anteriores y que lo convirtieron en un faro para los proyectos modernizadores en otros partidos socialdemócratas a lo largo de Europa. El manifiesto del partido en 2017 prometía nacionalizar los servicios de ferrocarriles, agua y electricidad, entre otros, y una inversión récord en educación y salud pública, que sería financiada con un notable aumento en los impuestos a las clases altas y a las principales empresas. Esto también se vio anulado: a medida que se fue complicando, el Brexit monopolizó la discusión pública.

La propia figura de Corbyn, quien en el pasado sostenía una postura euroescéptica -votó para que Reino Unido abandonara la Comunidad Europea en 1975- y cuya campaña por la permanencia fue tildada de tibia, se vio cuestionada. Gran parte de su partido y la oposición no le creen a Corbyn cuando este dice que va a hacer todo lo posible para detener el Brexit sin acuerdo.

Un primer gran síntoma del desgaste llegó a principios de este año, cuando un grupo de parlamentarios abandonó la bancada laborista citando el mal manejo de Corbyn sobre la salida de la Unión, y las denuncias por antisemitismo en el partido, que aparecieron durante el 2018 y profundizaron el dolor de cabeza. Los laboristas disidentes ya venían cuestionando a Corbyn desde su llegada a la cabeza del partido en el 2015, pero el timing de su defección no fue casual.

La propuesta del segundo referéndum no es una sorpresa -Corbyn se venía mostrando abierto a esa posibilidad desde hace meses- y llega en un momento en el que el apoyo al laborismo está siendo amenazado especialmente desde el flanco que votó por quedarse (Remain), que se ve seducido por los Liberales Demócratas, un partido que se define anti-Brexit y que también ha capitalizado con los moderados dentro del Partido Conservador. Es la posición de la líder de ese espacio, Jo Swinson, la principal traba para la maniobra que anunció Corbyn. Swinson descartó acoplarse alegando falta de confianza en el líder laborista. Otros líderes opositores, del Partido Nacionalista Escocés y el Partido de Gales, junto a un pequeño grupo de rebeldes conservadores han anunciado su apoyo, pero no está claro que Corbyn consiga los números para tumbar a Johnson si ni siquiera puede asegurarse el respaldo total de su propio partido.

Al margen del desenlace de la maniobra, las consecuencias del cambio de postura todavía están por verse. El fracaso de la estrategia moderada y la imposibilidad de repetir el escenario del 2017 es apenas un reflejo del impacto del Brexit en el sistema político británico, especialmente en sus dos partidos mayoritarios.

Corbyn en su laberinto

En el 2017 Corbyn obtuvo poco más de 12 millones de votos: dos tercios habían votado Remain en el referéndum del año anterior; el tercio restante Leave, según la mayoría de las encuestas de salida. El discurso del soft Brexit fue clave para arrebatar algunos enclaves tradicionalmente conservadores, que votaron Remain, pero el discurso antiausteridad también explica el apoyo de sectores favorables a abandonar la Unión, especialmente en distritos obreros, que antes habían votado por el partido de ultraderecha Ukip. El aumento en la participación, sobre todo de jóvenes que se habían inclinado por la permanencia en Europa, también fue importante.

La gran mayoría de los votantes laboristas y sus afiliados quieren permanecer en la Unión Europea. Los parlamentarios se inclinan, generalmente, según cómo votó -y en qué intensidad- el distrito que representan. El equilibrio es complejo, pero ninguno de los dos partidos tradicionales puede aspirar a gobernar únicamente con los votos de uno de los dos campos; menos aún el laborismo, que se encuentra en segundo lugar.

Los partidarios de que el laborismo defienda abiertamente la permanencia hacen hincapié en el costo que pagaría el partido por ser visto como cómplice en una salida bajo estas condiciones, dada la posición de su base. Algunos sostienen, por ejemplo, que los votantes de Remain son tres veces más propensos a cambiar de partido que los Leave, y que estos en general se nuclean sobre todo en zonas que mayoritariamente se inclinan por los Conservadores. Otros afirman que la tendencia de los remainers que votaron por el laborismo a abandonar el partido se profundiza cada vez más y que los desertores Leave del Partido Conservador no tienen pensado votar al laborismo aún si este fuese más tajante respecto a la salida.

Los escépticos del viraje señalan que los distritos más competitivos, en los que el laborismo debería avanzar para llegar al poder, votaron Leave. Estos aseguran que el voto Remain está escasamente distribuido en el país, lo que hace que tenga poco impacto en escaños, que es al fin y al cabo lo que cuenta a la hora de formar gobierno. Richard Johnson, profesor de la Universidad de Lancaster, sostiene que de los escaños que los conservadores ganaron por un margen menor a 3000 votos, un 80% son Leave. Johnson afirma que conquistar escaños objetivos en Inglaterra y Galés que se inclinaron por la salida es una condición sine qua non para que el laborismo gane en una elección general y que otros escaños objetivos Remain, sobre todo en Escocia, podrían ir para partidos que apoyen un gobierno laborista de todas maneras. Otro de los argumentos centrales de Johnson es que los principales escaños que el laborismo ganó por un margen menor a 2000 votos son Leave, lo cual estarían en riesgo, y que en la mayoría de distritos donde ganaron los liberales demócratas, los laboristas no tienen chances de competir.

El dilema ilustra a la perfección la complejidad que supuso el Brexit para los partidos que aspiran a tener una mayoría en el Parlamento. El otro aspecto central, importante tanto para el laborismo como para otros partidos que favorecen un segundo referéndum, es que no hay certeza de que ante una repetición de la votación la permanencia logre imponerse. Hasta ahora la aguja no se ha movido significativamente. Un escenario de Breget, como se nombró a un eventual arrepentimiento masivo, no sucedió. Y algunos analistas señalan que los costos sociales y políticos que supondría repetir el voto a costa de una buena parte de la sociedad que eligió salir serían altísimos y harían aún más compleja la tarea de gobernar. Si el Brexit fue un gran mensaje a la desconexión de las elites políticas con la ciudadanía, dice el razonamiento, entonces repetir el voto sería no haber entendido nada de lo que significó el proceso.

Ante este escenario el laborismo corre el riesgo -aunque quizás ya lo está absorbiendo- de ser visto como uno más de los partidos que no escuchan a la ciudadanía. Parte del atractivo del discurso de Corbyn, y que lo asemejaba al de otros líderes progresistas como Bernie Sanders, era que prometía una transformación de la política desde adentro de los partidos tradicionales. Las propuestas anti austeridad representaban, para una parte del electorado, el hecho de que Corbyn había escuchado a quienes sufrieron las medidas de ajuste, aplicadas tanto por los conservadores como por el llamado Nuevo Laborismo, encarnado por Tony Blair. La paradoja es que también una parte significativa de su partido y de la sociedad le reprochan a Corbyn que ahora no escucha el mandato de aquellos que quieren quedarse en Europa y temen por una salida sin acuerdo. Las protestas europeístas, ancladas en las grandes capitales, son masivas y cuentan con una mayoría de jóvenes.

Algunos analistas sugieren que la propuesta de Corbyn es simplemente una manera de posicionarse políticamente por si la situación cambia y el escenario de un segundo referéndum se vuelve más viable. Eso va a depender de lo que suceda con Johnson que, por ahora, ante la negativa de Bruselas de renegociar el acuerdo, amenaza con salir sin un acuerdo y sin el consenso del Parlamento. Todavía es incierto si la estrategia de Corbyn puede hacerle ganar credibilidad en los sectores Remain y cuáles serían los costos a pagar en el campo Leave.

Una elección general, un escenario para nada improbable, vería enfrente un rival más complicado que Theresa May, no sólo por el carisma de Johnson sino porque sus proyectos de inversión en infraestructura amenazan con desarmar la narrativa anti austeridad de Corbyn, sumado al hecho de que el laborismo se encuentra con problemas en materia de financiamiento y cohesión interna para enfrentar una campaña.

Si algo demostró Corbyn, tanto en las elecciones internas que enfrentó como en las generales del 2017, es que es capaz de dar la sorpresa y reunir apoyos cuando nadie lo pronostica. Pero el desgaste sufrido desde ese entonces y las olas que sigue produciendo un Brexit sin final a la vista pueden terminar con el fenómeno Corbyn. Si logra sobrevivir una vez más, o si su proyecto de transformación puede ser relevado por otra figura será una pregunta más de las que recorren la coyuntura.