Alberto en Europa: en busca de la tercera posición

La reciente visita del favorito para la elección presidencial evidenció la voluntad de buscar alternativas ante un panorama global que se presenta complejo.

Martín Schapiro
8 de septiembre de 2019 12:09 hs
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"Estoy diciendo que tenemos que tener una relación madura (con Estados Unidos), pero tenemos que entender también que Argentina encontró siempre su primer vínculo en Europa y tenemos que volver a volcar nuestra mirada a Europa." Lejos de las habituales retóricas refundacionales de los liderazgos políticos emergentes en la Argentina democrática, este Alberto Fernández de gira, que enfrenta la perspectiva de un gobierno en el que deberá lidiar con Donald Trump al frente de la primera potencia mundial -embarcada en un conflicto económico multifrente con la emergencia de China- y con Jair Bolsonaro en la presidencia de nuestro principal socio, señaló a Europa como un aliado privilegiado de Argentina para construir su inserción internacional. En tiempos en que los funcionarios norteamericanos amenazan incluso al gobierno de su vínculo más confiable de la región en relación a sus decisiones soberanas y el gobierno de Bolsonaro coquetea con la idea de desarrollar armas nucleares, las declaraciones de Fernández recuerdan las advertencias de Alberdi: "Los peligros para las Repúblicas españolas no están Europa. Están en América: son el Brasil de un lado y los Estados Unidos de otro. Estos poderes son los que pueden atacar su independencia, no Europa".

Efectivamente, el principio alberdiano fue una constante a lo largo de la historia nacional, con poquísimas excepciones, y con más fuerza que los cambios de signo ideológico. La política de los conservadores, desde la década del ochenta del siglo XIX, supuso la inserción comercial de la Argentina como integrante del imperio informal británico, al que proveyó de cerca del 40% por ciento de sus importaciones de carnes, y también incluyó importantes asociaciones con Alemania y Francia. Con los Estados Unidos, en cambio, la relación fue de rivalidad. El gobierno argentino receló siempre de la Doctrina Monroe y su postulado, "América para los americanos", que consideró como una excusa para legitimar políticas expansionistas en el continente. El esquema se mantuvo con la reforma democrática y la llegada al poder del radicalismo, y, pacto Roca Runciman mediante, tras el primer golpe de estado y el regreso de los conservadores.

La Segunda Guerra Mundial trajo nuevos focos de conflicto con Estados Unidos por la decisión argentina de mantener a rajatabla la neutralidad entre los aliados y el ejército nazi, hasta los momentos finales de la guerra cuando la suerte estaba definitivamente echada. Esta actitud contrastó con la activa participación de Brasil en el bando aliado y le valdría a la Argentina, en épocas de Plan Marshall, sanciones comerciales norteamericanas que se extenderían hasta 1949. También de aquella época es el famoso "Braden o Perón", la campaña presidencial en la que el embajador estadounidense ocupó un rol activo de liderazgo para un sector de la sociedad y fue derrotado por las mayorías populares.

Si bien Argentina se percibió siempre, en última instancia, como un país occidental durante la Guerra Fría, la relación con Estados Unidos tampoco fue armónica en los años siguientes. El intento del gobierno de Frondizi de mediar entre Cuba y Estados Unidos fue el punto de mayor tensión de una política que, salvo en el breve interinato de José María Guido, nunca fue de alineamiento. La posición argentina contrastaría con la de Brasil, hasta principios de los setenta el aliado más confiable de Estados Unidos en la región. Serían también los años del "milagro brasileño". Tiempos de extraordinario crecimiento del país vecino que dejarían definitivamente atrás cualquier simetría económica entre ellos y nosotros. Durante estas décadas, Europa se mantendría como destino privilegiado de las exportaciones argentinas, de las que cerca del 60% se dirigieron a sus mercados. La creación de la Comunidad Europea y la Política Agraria Común reducirían dramáticamente ese porcentaje, un recuerdo de que en el comercio global no cuentan sólo las políticas de cada país sino que los demás juegan y, quedar fuera mientras los demás se integran, tiene también consecuencias.

Tampoco la última dictadura, cuya llegada tuvo la bendición activa de Washington, logró consolidar un alineamiento estable con los Estados Unidos. Las tensiones con el gobierno de Jimmy Carter por las violaciones a los Derechos Humanos y la ratificación de los acuerdos comerciales suscritos con el bloque socialista durante el gobierno peronista llevaron a resultados paradójicos. La Unión Soviética llegaría a convertirse en el primer socio comercial de Argentina luego de que el país no se sumara al boicot cerealero impulsado por los Estados Unidos tras la invasión soviética de Afganistán. Y si, a su llegada, Galtieri prometió un mucho mayor alineamiento disciplinado con el país norteamericano, la Guerra de Malvinas dejó trunco cualquier proyecto que fuera en ese sentido.

Alfonsín encontró un país que, por primera vez enfrentaba decisivamente el peso del endeudamiento externo, y el desafío de encarar la redemocratización cuando en los países vecinos se mantenían aún los regímenes militares. La tradicional independencia de la política externa argentina llevó a Alfonsín a enfrentarse con el gobierno de Reagan en algunos asuntos como la política hacia la Nicaragua sandinista. En estas condiciones, el presidente radical intentó construir bases de apoyo a partir de la afinidad entre los gobiernos socialdemócratas europeos continentales. Encontró comprensión y apoyo verbal a la redemocratización, pero en lo económico la respuesta fue la misma que la estadounidense. Pedidos de reformas pro-mercado y ajustes estructurales. También de tiempos de Alfonsín es el final de la rivalidad con Brasil, con acuerdos en materia comercial, política y nuclear.

La llegada de Carlos Menem dio pie al primer período largo de alineamiento con los Estados Unidos. En un mundo que había devenido unipolar, el gobierno justicialista extremó los gestos en busca de apoyo político y económico. El "Consenso de Washington", la participación argentina en la Guerra del Golfo, las condenas a Cuba en Naciones Unidas, fueron algunos de los más sonantes. Sin embargo, las inversiones en los sectores abiertos tras las privatizaciones vinieron principalmente de Europa. Capitales del continente, principalmente españoles, pero también franceses e italianos se quedaron con la parte del león en el reparto de la torta.

La implosión del 2001, la crisis económica y el final de la convertibilidad pusieron también fin al proyecto concebido por Menem y continuado por Fernando De la Rúa. Néstor Kirchner dejó sin efecto varias de las cláusulas clave de los contratos de servicios públicos suscritos durante el menemismo, y su gobierno y el de Cristina Fernández encararon incluso algunas reestatizaciones, como el servicio de agua domiciliaria, el espacio radioeléctrico y, las más contenciosas, la de Aerolíneas Argentinas y Yacimientos Petrolíferos Fiscales. La década del 2000 fue la del ascenso de China, que se convirtió en el primer o segundo socio comercial de cada uno de los países de la región, y la relación con Brasil, con algunos saldos políticos venturosos, quedó muy por debajo del potencial, aún con gobiernos afines en materia económica.

Con Estados Unidos, las relaciones fueron de la frialdad, con colaboración en asuntos puntuales y estratégicos para el gobierno norteamericano, al enfrentamiento abierto en el último gobierno kirchnerista.

La mención expresa de Alberto Fernández a Europa como interlocutor privilegiado en las relaciones de Argentina con el mundo reconocen una antigua raíz histórica, pero apuntan a las necesidades del futuro próximo. Los últimos gobiernos kirchneristas, y el gobierno de Macri, coincidieron con una pérdida del protagonismo europeo en el plano internacional. La creciente bipolaridad sino-norteamericana, la impotencia frente a la crisis del 2008 y el auge del nacionalismo eurófobo pusieron en cuestión el proyecto de integración. Un proyecto que el eje franco-alemán intenta, no sin dificultades, relanzar, acompañado por liderazgos como el de Pedro Sánchez, y la política monetaria expansiva del Banco Central Europeo.

Europa aparece como un camino intermedio para transitar desde un país acorralado por la doble dependencia de China y Estados Unidos, en tiempos de recrudecimiento del enfrentamiento entre ambas potencias, en un marco en el que la asociación regional enfrenta enormes desafíos. Los obstáculos, sin embargo, también son evidentes. Tal como sucedió durante el gobierno de Alfonsín, difícilmente Argentina encuentre en Europa, fuera de un tono más amable, una comprensión mayor a la que encuentra en los Estados Unidos, algo por lo demás evidente, a la luz del tratamiento recibido por los países del sur del continente durante sus crisis económicas.

También será difícil encontrar grandes inversiones en el viejo continente. Vaca Muerta, la mayor promesa de la economía nacional, supone un tipo de explotación, no convencional, en que las empresas europeas se ubican detrás de las norteamericanas, rusas y chinas. Todavía existe, además, desconfianza mutua con el sector hidrocarburífero desde la expropiación de las acciones de Repsol en YPF, que quedó de manifiesto tras las declaraciones, muchas veces justificadas, de Fernández sobre el accionar de las multinacionales.

Con líneas rojas mutuas y complejas, que quedaron de manifiesto en las negociaciones por el acuerdo Mercosur - Unión Europea, y dificultades estructurales para la relación, las necesidades confluyentes, las afinidades históricas y la capacidad de los liderazgos políticos serán claves para navegar una relación cuyo potencial tiene la medida de los riesgos que representa apostar por ella.