La caída del último halcón de Bush

Cuando se cumplen 18 años del atentado que cambiaría el mundo para siempre, Trump anunció el despido de John Bolton, uno de los arquitectos de la respuesta estadounidense.

11 de septiembre de 2019 15:09 hs

Martín Schapiro
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Leticia Martínez
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Sorpresa. De esa manera fue recibido el anuncio de Donald Trump sobre el despido del asesor de Seguridad Nacional, John Bolton. Tanto que una hora antes de que el mandatario anunciara en Twitter la salida del funcionario, desde la Casa Blanca habían informado a los medios de una actividad que Bolton realizaría minutos más tarde junto al secretario de Estado, Mike Pompeo.

"Anoche informé a John Bolton que sus servicios ya no son necesarios en la Casa Blanca", explicó el mandatario, que señaló fuertes desacuerdos con el criterio del funcionario. Bolton dio su propia versión de los hechos y aseguró que él había presentado su renuncia al Presidente antes de los anuncios.

Posturas

John Bolton es la tercera persona en ocupar el cargo de Asesor de Seguridad Nacional en la administración de Trump, luego de Michael Flynn y Herbert McMaster. El cargo reviste enorme importancia política y fue ocupado, por ejemplo, por Henry Kissinger en el período de apertura a China.

Arquitectura de guerra

Bolton es conocido por su línea dura y su vocación militarista, que lo llevó a ser uno de los principales arquitectos de la estrategia de intervenciones bélicas en el extranjero durante el gobierno de George W. Bush. Los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, dieron la excusa para el lanzamiento de una ofensiva ambiciosa, que apuntó a moldear el mundo a la medida de los valores e intereses estadounidenses, por la vía de la imposición militar. Afganistán fue el primer ensayo, con el cargo, justificado, de que el Régimen Talibán daba refugio a Osama Bin Laden, autor intelectual de los atentados, de imposición de la democracia, en tanto Irak, acusado de poseer armas de destrucción masiva, fue el segundo y el más ambicioso.

Ambas intervenciones, además de los enormes costos en vidas humanas, fueron un fracaso gigantesco en el cumplimiento de los objetivos estadounidenses en la región. Irak sigue dividido sobre líneas sectarias y étnicas, y lejos de una reconstrucción democrática, fue uno de los teatros de la expansión del autoproclamado califato del Estado Islámico, el mayor factor de amenaza terrorista de los últimos años, en tanto la influencia iraní sobre la población chiíta, mayoritaria, solo aumentó desde la intervención del país del norte.

El fracaso en Afganistán es aún más patente. Tras dieciocho años de presencia estadounidense en la región, los milicianos talibanes controlan más territorio que en cualquier otro momento desde la invasión del país, y Estados Unidos está negociando con este grupo las condiciones para su retirada. Las negociaciones de paz se producen en los términos del grupo fundamentalista, que se ha negado a cualquier conversación con el gobierno afgano reconocido, e incluso a cesar los atentados mientras se producen las conversaciones. Se esperaba que el fin de semana pasado, un grupo de integrantes del grupo a visitara la residencia de Camp David para firmar un acuerdo de cese del fuego pero, a último momento, Trump debió anunciar que no avanzaría con el proceso, debido a que los talibanes se habían atribuido un reciente ataque en el que murió un funcionario de Naciones Unidas.

Bolton, sin embargo, no se arrepiente, y mantiene sus posturas. Un ex diplomático que conoce al funcionario explicó a The New Yorker la relación con el presidente estadounidense: "El problema para Bolton es que Trump no quiere la guerra. No quiere lanzar operaciones militares. Para conseguir el trabajo, Bolton tuvo que cortar sus bolas y ponerlas en el escritorio de Trump". Quizás el mandatario se cansó de las disputas, o quizás Bolton se dio cuenta de que no hay espacio en la administración republicana para posturas tan rígidas como la del 2003, cuando estuvo a favor de la invasión a Irak y que al día de hoy, pese a no haberse encontrado armas de destrucción masiva, defiende la intervención estadounidense al país árabe".

Trump, sin tropas en el terreno

Las especulaciones periodísticas suponen que la renuncia tendría que ver más con una seguidilla de desacuerdos en temas como Irán, Corea del Norte, Cuba, Siria y Venezuela, donde el ahora ex asesor de Seguridad nacional era más proclive al uso de "ataques preventivos" y despliegues de tropas para garantizar los que, supone, son los intereses de los Estados Unidos.

Bolton llegó a proponer "bombardear a Irán para que Irán no tenga la bomba", en una nota de opinión publicada en el New York Times en 2015. Una postura que contrasta con la idea del líder republicano, que manifestó varias veces su intención de reducir la presencia militar de los Estados Unidos en el exterior, y prefiere una estrategia de máxima presión sobre sus rivales por la vía de sanciones económicas y, posteriormente, negociaciones por la vía de sanciones económicas de querer reducir los conflictos bélicos en el mundo.

De acuerdo a los trascendidos, Bolton se oponía al acercamiento de Donald Trump con el líder norcoreano, Kim Jong Un, por considerar que Corea del Norte podría atacar con armas nucleares a Estados Unidos y fue impulsor de un ataque directo sobre Irán, tras los últimos incidentes en el estrecho de Ormuz.

Venezuela, donde Bolton impulsó la postura de máxima dureza contra Nicolás Maduro es hasta ahora otro fracaso. El ex secretario fue la cara visible de los encuentros con el Grupo de Lima, que buscan una salida del político bolivariano, y fue también quien anunció el reciente congelamiento total de los activos venezolanos en territorio estadounidense. No muy sorpresivamente, también allí proponía recurrir al uso de la fuerza para conseguir un cambio de gobierno.

De aquellas bombas, estos pantanos

Bolton es uno de los emblemas de una estrategia que aprovechó la conmoción del mundo y de su propio pueblo para intentar un proyecto imperial que, por su audacia, no registra antecedentes en la historia norteamericana. El fracaso en el intento de convertir la unipolaridad de los noventa en un orden incuestionable e inmutable dio pie al surgimiento de rivales, globales y regionales, que se atreven a poner en cuestión la primacía de los Estados Unidos.

El saldo es aún más problemático cuando se toman en cuenta las consecuencias en el terreno de aquel fracaso. Las encrucijadas en Irak, Afganistán y hasta Siria, donde la retirada total de las tropas estadounidenses puede abrir espacio a situaciones de mayor inestabilidad que, lejos de encauzar y dar solución a los problemas generados por estas terminen por agravarlos. Mientras quienes temen por el riesgo cierto de una guerra nuclear, o una nueva y catastrófica guerra en Medio Oriente respiran aliviados, muchos de quienes cuentan con los Estados Unidos como su garante último miran con preocupación la perspectiva de una acción unilateral de Donald Trump, que podría dejar a los afganos solos ante un posible regreso del Talibán, a las fuerzas kurdas de Siria a merced de una invasión turca, y a Irak ante un posible desmembramiento y hasta un reagrupamiento del Estado Islámico.

De Bush a Trump, Bolton corporizó muchos de los peores impulsos norteamericanos, y dio lugar a muchas de las peores políticas. De Bush a Trump, deja una pesada herencia que la estatura del liderazgo político no invita a mirar con optimismo.