Elecciones en Israel: Netanyahu y la economía de la abundancia

Su década en el poder coincidió con un periodo de auge económico sostenido liderado por los sectores de alta tecnología.

Cuando se piensa en elecciones en Israel las cuestiones de seguridad, la relación con los países vecinos y con los territorios palestinos suelen acaparar la atención internacional y, también, gran parte del protagonismo en los debates públicos. Sin embargo, a la hora de votar las personas suelen considerar otros factores, como la identidad, la percepción de los dirigentes y, por sobre todo, la medida del bienestar económico que, con o sin justicia, relacionan con el accionar del gobierno.

Si miraran este último factor, los ciudadanos israelíes tendrían muchos motivos para darle su voto a Benjamin Netanyahu. ¿Por qué? Porque bajo su conducción la economía de Israel sólo suma datos positivos, al punto tal que algunos refieren estos últimos diez años como una verdadera "década dorada". Desde el 2009, cuando Netanyahu accedió por segunda vez al gobierno, y en la década ininterrumpida que acumula en el poder, el Producto de Israel creció, en promedio, por encima del 3%, muy por encima de la media de los países desarrollados, el desempleo se redujo a menos del 5%; la inflación, después de años de lucha, y que había llegado al 370% y 18% durante las décadas de los '80 y '90, respectivamente, se colocó por debajo del piso de la meta del Banco Central del 1% y aumentó sostenidamente el crédito al sector privado. Con una deuda pública equivalente al 60% del Producto (muy por debajo del promedio de los países desarrollados, que ronda el 100%), un ciudadano israelí es, en promedio, más rico que un ciudadano francés, japonés o británico, con un producto bruto per cápita que supera los 40.000 dólares.

¿Cuál es la llave del actual éxito israelí? A veces se señala, como crítica, que Israel se beneficia de una casi ilimitada asistencia militar norteamericana, lo que resulta innegable. Sin embargo, y a pesar de que es tan importante como siempre, difícilmente aquello pueda explicar satisfactoriamente el alto crecimiento que el país ha experimentado de manera sostenida en la última década, ya que esa alianza ha sido una constante desde la fundación del Estado.

Netanyahu es elogiado por los progresos económicos israelíes desde antes de quedar al frente del gobierno. Su centralidad en la vida económica de Israel se remonta al 2003, cuando asumió como Ministro de Finanzas, tras dos décadas muy complejas (con inflación récord, cambio de moneda, y una fuerte recesión a comienzos de siglo). Desde aquel momento, es nítido el cambio en la tendencia macroeconómica. Desde los sectores más derechistas, como el propio Netanyahu, se resaltan los procesos de privatizaciones, desregulación y baja de impuestos como responsables del giro, y señalan la reducción de los beneficios de seguridad social como justificación del aumento de la población económicamente activa.

Sin embargo, lo cierto es que entre 2003 y 2004 se incrementó el crédito, dinamizando la economía, llevado a un aumento en el PIB y reducción del desempleo. La inversión en investigación y desarrollo superó en 2005 el 4% del el PIB total, lo que se mantuvo como un piso hasta la actualidad. Contrariamente a las prédicas neoliberales, el Estado, particularmente a través de sus órganos de defensa y seguridad, cumple un papel clave en el desarrollo de este sector.

Los sectores vinculados al desarrollo de alta tecnología son protagonistas de la prosperidad de la economía israelí. Las exportaciones de bienes de capital, donde destacan circuitos integrados, equipos de radiodifusión, e impresoras de alta sofisticación, productos químicos, principalmente medicamentos y plaguicidas y hasta diamantes, donde las tecnologías israelíes constituyen el mayor estándar en el procesamiento del material precioso. La apuesta al desarrollo de conocimiento e innovación transformó al país, además, en una importante generadora de empresas start-up, con especial fortaleza en ciberindustria. Durante el 2016, Israel recibió algo menos de 5 mil millones de dólares de inversión extranjera en capital de riesgo. Para tener un parámetro, es ocho veces lo que recibió España, con cinco veces menos población.

Pero no todo es color de rosa. Durante los últimos años han surgido críticas por el elevado costo de la vivienda en los grandes centros urbanos, el alto costo de vida, que se atribuye a la excesiva fortaleza de la moneda nacional, y los cortes en determinados subsidios. Los recortes del presupuesto estatal dejaron al descubierto falencias importantes en educación e infraestructura que deberán sanearse si se aspira a sostener el ciclo expansivo en el largo plazo.

La desigualdad, aunque se ha reducido sostenidamente en la última década, se encuentra entre las más altas entre países desarrollados, y lo mismo ocurre con la pobreza, que afecta desproporcionadamente a los ciudadanos judíos ultraortodoxos y a los de origen árabe, que constituyen alrededor del diez y el veinte por ciento de la población, respectivamente. Influyen factores culturales (que explican la baja tasa de participación laboral de los varones ultraortodoxos y de las mujeres de origen árabe) y en el caso de la población de origen árabe, la discriminación en la asignación de recursos públicos, aunque es cierto que también este sector ha mejorado su situación en forma sostenida durante esta década, y la situación económica es sensiblemente mejor que la que viven en los territorios palestinos y en los países limítrofes en los que son mayoría.

La tendencia, aún con sus sombras, es clara. No será la economía la que impida otra reelección de Benjamin Netanyahu como Primer Ministro de Israel.