Elecciones en Israel: Netanyahu y el fin de las inhibiciones

Los comicios en el país determinarán la supervivencia del Primer Ministro que reconfiguró el mapa político, debilitando sus rasgos más pluralistas y democráticos.

Martín Schapiro
17 de septiembre de 2019 12:09 hs
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Benjamin Netanyahu no es uno más en la lista de jefes de gobierno israelíes. El año pasado se convirtió en el de más larga permanencia en el poder, por encima del fundador del Estado, David Ben Gurion y, tras las investigaciones dirigidas por el Fiscal General designado por él mismo, Avichai Mandelblit, en el primero en ser formalmente imputado por cargos de corrupción mientras se encuentra en el cargo. Con una intensidad novedosa, pero como ha sido desde que reasumiera el poder en 2009, la elección para la vigésimo segunda Knesset (tal el nombre hebreo para el parlamento israelí) será un referéndum sobre su figura y su liderazgo.

Ubicado cómodamente en la derecha del arco político que en Israel se mide, al menos desde los acuerdos de Oslo, en relación a la mayor o menor flexibilidad frente a la posibilidad de un acuerdo de paz con los palestinos, y el alivio de la ocupación, Netanyahu disputará las elecciones en sus propios términos, tras haber obtenido varias victorias estructurales en la batalla por la consciencia de los ciudadanos judíos, que constituyen el ochenta por ciento del total de los ciudadanos del Estado.

En esta elección no se discutirá sobre el final de la ocupación, la devolución de la parte oriental de Jerusalem para que funja como capital de un futuro Estado Palestino, la perspectiva de viabilizar un regreso a las fronteras de 1967,o la posibilidad de desmantelar asentamientos en los territorios ocupados en Cisjordania, ni siquiera un eventual congelamiento de nuevas construcciones. Fuera de la figura de Netanyahu, estará en discusión la relación de Israel con sus propios ciudadanos.

Estas elecciones llegan como repetición de las elecciones parlamentarias de abril de este año cuando, por primera vez en la historia, no se pudo conformar una coalición de gobierno. En aquel momento, el Likud de Netanyahu empató en escaños con la lista centrista Azul y Blanca, encabezada por el antiguo jefe de las fuerzas armadas Benny Gantz, e integrada por otros dos ex generales que ocuparon el mismo lugar. No había, sin embargo, dudas sobre cuál sería el bloque ideológico mayoritario en la elección israelí. Los partidos ubicados a la derecha del Likud constituían junto con este una mayoría de sesenta y cinco escaños, cuatro más que los sesenta y un necesarios para formar gobierno, contra apenas cuarenta y cinco obtenidos por la lista de Gantz y los partidos sionistas ubicados a su izquierda. Los diez escaños restantes son ocupados por la izquierda no sionista y los partidos árabes.

¿Qué pasó entonces para que hoy haya nuevas elecciones? Entre las divisiones de la sociedad israelí, desde la fundación del Estado, la relación entre religiosos y autoridades seculares es una cuestión problemática. El control de los religiosos sobre cuestiones como el matrimonio, el hecho de que puedan obtener exenciones de cumplir con el servicio militar y la recepción por parte de estos sectores de cuantiosos subsidios estatales los lleva a chocar con el sector más secular de la sociedad israelí. Avigdor Lieberman, del partido Israel Nuestro Hogar, un partido de ultraderecha, que representa mayoritariamente a inmigrantes provenientes de la ex Unión Soviética, adoptó la bandera de estos sectores seculares. Ex secretario privado de Netanyahu, su postura contra los árabes, incluso los que son ciudadanos del Estado de Israel es irreductible, así como su apoyo a los colonos que ocupan los territorios palestinos, entre los que se encuentra él mismo. Sin embargo, en la última elección condicionó su apoyo para que Netanyahu forme un nuevo gobierno a la sanción de una ley que obligara a los religiosos a cumplir con el servicio militar. Una condición imposible para Netanyahu ya que, aunque él mismo y su partido son seculares, necesita del apoyo de los partidos religiosos, cuyos dieciséis votos en el parlamento son fundamentales para encabezar un gobierno viable. Ante esta situación Lieberman decidió no apoyar la reelección de Netanyahu y, ante la negativa de este a permitir la investidura de cualquier otra figura, el resultado fue la nueva convocatoria.

Netanyahu necesita, a como dé lugar, ser reelecto. Sabe que, de no serlo, probablemente le aguarde la cárcel como resultado de las investigaciones en curso. Obsesionado desde siempre con mantener su lugar, no dudó en jugar abiertamente las cartas racistas en el conflicto que entraña la proclamación que hace Israel ante el mundo como Estado "judío y democrático". Alrededor del veinte por ciento de los ciudadanos israelíes son musulmanes, cristianos y drusos de origen árabe. Si bien siempre se criticó que, en los hechos, son discriminados en el acceso a empleos, particularmente en el Estado o al reparto de recursos públicos, así como por la mucha mayor prevalencia de la pobreza en ese sector de la población, los árabes que accedieron a la ciudadanía gozaron, en la legislación, de los mismos derechos que los ciudadanos judíos.

En su último período de gobierno, Netanyahu impulsó cambios en ese status quo. La Ley de Nacionalidad aprobada en 2018, aunque con pocos efectos prácticos, establece a Israel como Estado-Nación de los judíos, en contraposición a uno de todos sus ciudadanos, y establece el hebreo como idioma oficial quitando el idéntico status que se reconocía a la lengua árabe, a la que se rebaja a "status especial" cuyo alcance sería determinado por otra ley subsiguiente. Del mismo modo, la agitación contra los ciudadanos árabes fue una constante en cada campaña electoral. De la acusación estigmatizante de que los árabes eran "llevados en hordas" a votar una lista de centroizquierda, que movilizó los votos derechistas en 2015, a la acusación liviana e insustanciada de que existía fraude en las ciudades árabes, para impulsar una ley dirigida a filmar a los votantes árabes, intentando el mismo efecto, Netanyahu no reconoce límites en su retórica divisiva.

La manipulación de la opinión pública no se limitó a la estigmatización de las minorías, sino que abarcó los rasgos republicanos del sistema israelí. Netanyahu impulsó activamente la absolución en juicio de Elor Azaria, un joven conscripto que asesinó a un terrorista luego de que hubiera sido detenido y desarmado, y combatió a la Corte Suprema, a la que acusó de estar colonizada por la izquierda, por sus decisiones preservando tanto las garantías procesales de los palestinos como los rasgos seculares del estado. Una conducta que complementó con las acusaciones permanentes de traición a la patria a organizaciones pacifistas como B'Tselem y Breaking the Silence. Por último, con el objeto de ampliar su base de apoyo, Netanyahu impulsó la unificación de espacios vinculados al extremismo religioso, que reivindican abiertamente a terroristas racistas judíos como Meir Kahane, a los que prometió, en caso de que superen el mínimo porcentaje necesario para ingresar al parlamento, lugares en el futuro gobierno a cambio de que lo vuelvan a ungir como Primer Ministro. Esta apelación a constituir mayorías a costa de las instituciones y la convivencia colectiva, colocaría a Netanyahu en el campo de los "demócratas iliberales" que, como el húngaro Orban, el turco Erdo?an, el brasileño Bolsonaro o incluso el propio Donald Trump. Sin embargo, Israel tiene características particulares que condicionan esa caracterización.

Los millones que habitan en los territorios palestinos sobre los que Israel nunca cedió el control militar final, de las fronteras y del espacio aéreo, permanecen privados de derechos básicos de ciudadanía, con una administración palestina de poderes limitadísimos, en la que hace años no existen elecciones. El bloqueo israelí a la Franja de Gaza, administrada por la agrupación política y terrorista Hamas, generó una situación de emergencia humanitaria, en la que la mayoría está desempleada, y escasean servicios básicos como la electricidad y el agua potable. En Cisjordania, bajo control de la Autoridad Nacional Palestina, la mayoría árabe convive con la expansión de los asentamientos judíos, que parten el territorio en una serie de áreas inconexas, en la que los chequeos de seguridad israelíes son parte de la realidad cotidiana. Nada de lo que se discute en esta elección incluye mejoras en el status de los palestinos. La promesa de Netanyahu de anexar formalmente el Valle del Jordán en caso de salir victorioso inviabilizaría definitivamente la creación de un Estado Palestino independiente, que dejaría de tener frontera con Jordania. La promesa de Netanyahu, que generó polémicas alrededor del mundo, no lo hizo en Israel, donde Benny Gantz, una vez más su principal contendiente, lo acusó de haber sacado la propuesta de la plataforma de su partido.

Hoy, nadie habla de paz ni de concesiones. La política agresiva de Netanyahu encontró un momento propicio como ningún otro para consolidar los peores rasgos del dominio israelí sobre el territorio que va desde el Río Jordán al Mediterráneo. Las guerras civiles que sucedieron a las "primaveras árabes" cambiaron el foco de las prioridades árabes y el enfrentamiento con Israel y la causa palestina cedieron protagonismo. Las preocupaciones compartidas por la expansión de Irán llevaron a una alianza tácita entre Israel y las monarquías del Golfo Pérsico. Estas condiciones permitieron a Israel disfrutar del período de calma relativa más extendido en varias décadas. En retrospectiva, podrán ser recordados en el mejor de los casos como una inmejorable oportunidad para obtener un acuerdo definitivo en condiciones aceptables para los israelíes. En el peor, una nueva reelección de Netanyahu podría aprovechar este período de excepcional fortaleza para anular, quizás para siempre, los rasgos más vibrantes y democráticos de la sociedad israelí.