Características chinas. Setenta años de la República Popular

En un nuevo aniversario de su proclamación, el país asiático consolida su modelo que combina mercados, planificación estatal y control centralizado con crecimiento económico y reducción sostenida de la pobreza.

El primero de octubre de 1949, el Partido Comunista Chino tomó las riendas de la China milenaria, luego de una etapa de más de un siglo de humillaciones que inició con las "Guerras del Opio", el final del periodo imperial, bajo la dinastía Qing, en 1911, una sangrienta guerra civil que duró más de 30 años, interrumpida por la invasión japonesa - que logró unir a nacionalistas y comunistas-, y su intento de crear un estado títere, Manchukuo, que disolvería la China histórica. Bajo la conducción de Mao, los milenios de historia y las recientes décadas de fracasos serían reconvertidas en una nación a la vez herederas y refundacional respecto de su predecesora, la República Popular China.

Desde la derrota del Kuomintang (el partido nacionalista), el Partido Comunista Chino mantuvo el control absoluto de los destinos del país, y se mantiene en la búsqueda de recuperar el lugar preponderante que tuvo durante milenios, y que le fuera arrebatado, con pasmosa facilidad, por la intervención de las potencias europeas y el Imperio de Japón. El proyecto de resurgimiento de China, desde entonces, se mantiene vigente, mientras el mundo intenta comprender de qué se trata ese sueño chino que mencionan sus líderes.

Un Partido y una nación

En estos setenta años, el Partido vivió cambios de liderazgo, reformas y hasta breves períodos de liberalización, que casi siempre fueron seguidos por un aumento del control sobre la ciudadanía, en pos de garantizar la "estabilidad", el otro pilar de la persistencia de la República Popular junto al crecimiento económico. Mao logró poner fin a décadas de inestabilidad y de gobiernos centrales débiles. Su legado se encuentra plasmado en un variedad de instituciones políticas del Partido Comunista, cuyos actuales líderes esperan, para 2049, cuando se cumplan 100 años de la fundación de la República Popular, contar con un partido "transparente, empoderado y socialmente responsable" que actuará como guardián de la transición a una sociedad "modestamente acomodada". Una de las razones de la longevidad ha sido sin dudas la flexibilidad partidaria, incluso ideológica.

Desde 1950, aún con importantes y hasta trágicos sobresaltos, China creció hasta constituir el segundo PBI más grande del mundo, luego del de EE.UU., la esperanza de vida pasó de los 35 a los 77 años y la población pasó del analfabetismo a la educación masiva. Hacia finales de la etapa de Mao, China ya se perfilaba como un país en vías al desarrollo industrial moderno, aunque el inicio de la reforma política y apertura económica de 1979, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping significó un antes y un después para el país asiático, que significaría, más temprano que tarde, un parteaguas también para el mundo. Una civilización que siempre había mirado hacia adentro, convencida de una superioridad de origen divino, se abría al mundo de modo irreversible. Deng procuró "enderezar aquello que estaba torcido" y, para ello, sostuvo una retórica comunista, mientras encaraba profundas reformas en la economía que, dentro de las instituciones del PCCh como marco de legitimidad política, otorgaban al mercado y el sector privado un papel de cada vez mayor importancia. El cazador de ratones plantó las vigas y definiciones básicas que hasta hoy se mantienen oficialmente como la "Teoría de Deng". Una de las metas trazadas por Xi Jinping para 2021, cuando se cumplan cien años de la fundación del PCCh, es la liquidación de la pobreza. Un camino en el que el avance es ininterrumpido desde 1979. De acuerdo al Banco Mundial, más de 700 millones de personas salieron de la pobreza en este período.

En una era, ininterrumpida desde finales de la década del setenta, pero que reconoce cimientos anteriores, de estabilidad y crecimiento, la dirigencia china apostó a mantener la centralidad del Partido Comunista, preservada a partir de la insistencia en conservar y mantener la unidad de esa verdadera "nación interna" de más de 89 millones de miembros activos. Mientras las reformas políticas y económicas cuidaron siempre la centralidad de este como instrumento de esos objetivos, incluso por encima de aquellos. Tras setenta años de preeminencia, el Partido Comunista resistió tanto el cisma con Moscú, como el período de reforma y apertura, las tensiones tras la caída del Muro de Berlín y las presiones para la democratización, la transformación del país en una superpotencia económica y comercial, y hasta las propias tensiones internas por el liderazgo y el rumbo partidario, que tuvieron sus picos con la Revolución Cultural en la década del sesenta, las protestas de Tian'anmen, en 1989, y recientemente, con las campañas contra la corrupción, que consolidaron el liderazgo y la preeminencia de Xi Jinping.

Salir afuera

Xi Jinping representa además la consolidación de la apuesta china por la apertura en términos globales, que tuvo su inicio simbólico en la celebración de los Juegos Olímpicos en la ciudad de Beijing en 2008, un verdadero despliegue de poder blando del país, que del mandato de Deng Xiaoping de replegarse, aprender y esconder sus capacidades, pasó a difundir orgullosamente su cultura y sus logros, intentando mostrarse atractiva ante un mundo en el que busca reafirmar su creciente protagonismo. Xi Jinping apuesta a colaborar a que el capital chino pueda exportarse, es decir, pueda, efectivamente "salir afuera", como camino para superar definitivamente los "siglos de humillación", un camino que, a pesar de las persistentes declaraciones de la dirigencia sobre el carácter "pacífico" de su ascenso, y un pragmatismo en las asociaciones que echa por tierra cualquier acusación de querer exportar su modelo político, está inevitablemente llamado a generar tensiones crecientes con unos Estados Unidos recelosos de su propia primacía global, así como las desconfianzas que, para los países más pequeños, surgen de las propias asimetrías con el gigante asiático. Pero sería un error pensar desde este lado del mundo como el inicio de una bipolaridad, una guerra fría, o de intentar exportar el modelo político chino, de su parte. El ascenso, acaso pacífico, chino es interpretado por como un nuevo momento que por ahora, se presenta más visiblemente, como guerra comercial, pero que tiene un trasfondo más profundo, vinculado a la primacía tecnológica.

Difícilmente las tensiones y enfrentamientos derivados del creciente protagonismo chino, ni las presiones globales de una dirigencia norteamericana que hoy percibe al país asiático, de modo casi unánime, como una amenaza incluso existencial, vayan a derivar en un cambio de estrategia que vaya a revertir la creciente asertividad global del país, ya que esta se relaciona, antes que nada, con sus propias necesidades internas. La contracara décadas de crecimiento económico sostenido que permitieron a cientos de millones de personas salir de la pobreza ha sido el crecimiento de las desigualdades tanto entre los segmentos más acaudalados y los más empobrecidos de la sociedad, como las que derivan de las asimetrías en el desarrollo territorial. La exportación de capitales y tecnología chinos aparece entonces como una herramienta necesaria para seguir mejorando las condiciones materiales de la población, en una transición del modelo de crecimiento basado en las ventajas otorgadas por la abundancia y el bajo costo de la mano de obra a otro en el que el consumo de la población y el desarrollo tecnológico ocupan un lugar preeminente. Iniciativas como la Franja y la Ruta, conocida como Nueva Ruta de la Seda, deben leerse en este sentido, pero también como intentos de desarrollar una infraestructura global que permita consolidar el control territorial y superar las asimetrías dentro del propio estado chino. El desarrollo de infraestructura en países como Pakistán o las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, apunta también a revitalizar las regiones más occidentales del país, enormemente rezagadas con respecto a las pujantes ciudades costeras. Del mismo modo, los desarrollos militares de última generación exhibidos en el desfile militar en Beijing, apuntan a consolidar el dominio chino sobre sus áreas marítimas contiguas, que considera parte de su territorio, lo que seguramente vaya a acrecentar las tensiones con Estados Unidos, hasta hace poco dominador indiscutido del área oceánica asiática.

Los desafíos que vienen

Las dificultades derivadas del nuevo rol global chino no pueden, sin embargo, ser ignoradas. El modelo basado en el protagonismo del partido ha generado tensiones en los márgenes, cuyos sellos son inmediatamente reconocibles como fenómenos globales. En las costas, las manifestaciones en la opulenta isla de Hong Kong, devuelta en 1997 tras un siglo como colonia británica, muestran las inquietudes de un sector social más identificado con la cosmovisión y los valores occidentales, mientras en el extremo oeste del país, las medidas extraordinarias de vigilancia de la población en Xinjiang, apuntan a advertir el riesgo del desarrollo del fundamentalismo islamista, de carácter separatista. En el medio, las mayorías sociales confían en el rol preeminente del Partido Comunista, en la medida en que ha sido el vehículo para el alargamiento y mejoramiento sustancial de las condiciones de sus vidas. En este sentido, las sanciones comerciales del gobierno de Donald Trump apuntan al núcleo más importante de su legitimidad política. Los resultados aparecen, hasta ahora, confusos. Si bien el crecimiento económico se mantiene muy alto para cualquier estándar, es cierto que se retraído a su menor nivel desde la crisis mundial. Por otro lado, y a pesar de las crecientes presiones norteamericanas a terceros países en todos los continentes, el rol global de China, lejos de disminuir, siguió creciendo durante los últimos años.

Setenta años después de su creación, la República Popular China ha pasado de ser uno de los países más pobres del mundo al único aspirante a ocupar el lugar de superpotencia que hoy ostentan los Estados Unidos. En el camino, cientos de millones de personas abandonaron la pobreza, y el que era un país rural y atrasado pasó a liderar el registro de patentes tecnológicas globales. Lo hizo con un modelo de control partidario centralizado que, sin embargo, supo alejarse de la ortodoxia del comunismo soviético tanto como de las profecías occidentales sobre la inevitabilidad de la democracia liberal occidental como receta y consecuencia del desarrollo. Hacia adelante, el Partido Comunista Chino enfrentará desafíos típicamente globales, como la integración nacional ante demandas divergentes, la necesidad de sostener el crecimiento económico y evitar los perjuicios derivados de su distribución desigual y el intento de deslegitimación de las instituciones multilaterales. Anclado en los éxitos pasados, una cosa es segura. La receta para enfrentarlos tendrá características chinas.