Bombas turcas en el patio trasero

La invasión militar de Turquía en la frontera norte de Siria, bautizada "Fuente de Paz", amenaza con una nueva catástrofe humanitaria.

10 de octubre de 2019 13:10 hs

Leticia Martínez
leticia@cenital.com  
@aletimartinez

Martín Schapiro
schapiro@cenital.com  
  @MartinSchapiro_

Tras obtener la aquiescencia de la Casa Blanca, el gobierno turco, que preside Recep Tayyip Erdogan, comenzó la ofensiva contra las fuerzas kurdas en el norte de Siria. Sometido a críticas, incluso, dentro del propio Partido Republicano, Donald Trump justificó la retirada de los pocos soldados estadounidenses que permanecían en el área como garantes de la estabilidad de las milicias kurdas, que fueron clave en el combate contra el autoproclamado Estado Islámico, al que derrotaron militarmente, como protagonistas de la ofensiva terrestre. "Es hora de salir de las ridículas guerras sin fin", se justificó Donald Trump, aunque las fuerzas norteamericanas en Siria no cumplían ninguna función activa de combate. Las Unidades de Protección Popular (YPG), las fuerzas kurdas, que encabezan una construcción secular y feminista en el norte de Siria, una experiencia inédita en Oriente Medio, son caracterizadas por Turquía como una organización terrorista por sus vínculos cercanos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) una organización insurgente, cuyo enfrentamiento con el Estado Turco ha causado más de 40.000 muertos desde 1983.

Un poco de historia

Los kurdos son el pueblo sin estado más numeroso de Medio Oriente, la enorme mayoría de ellos vive dividida entre cuatro países: Irak, Siria, Turquía e Irán. Alrededor de 30 millones de kurdos viven como minorías en todos estos países donde, de distintos modos, fueron rezagados y desconocidos por los Estados.

En Turquía viven entre 15 y 20 millones de kurdos, mayoritariamente en el sudeste del país, cerca de la región con Siria. A pesar de ser una población numerosa, su identidad fue históricamente negada por la República de Turquía desde su fundación en 1923 en el intento de construir una identidad nacional turca homogénea. Su lengua, costumbres y tradiciones fueron objeto de persecución, y varios levantamientos reprimidos, incluso mediante bombardeos, durante las décadas del 20 y el 30 del siglo pasado. En esa región es también donde el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) realizó la mayor parte de sus acciones armadas, bajo el liderazgo de Abdullah Ocalan, quien hoy cumple condena perpetua en confinamiento solitario en la prisión de Imral?, cerca de Estambul.

En Siria los kurdos son alrededor del diez por ciento de la población, en el norte del país. Allí huyó Ocalan poco antes del Golpe de Estado turco de 1980. El dictador Hafez Al Assad, padre de Bashar, le permitió establecer una base en su país a cambio de no impulsar insurgencias en las regiones kurdas de Siria. Ocalan permanecería en Siria hasta 1999 cuando, bajo amenaza de una invasión militar turca, fue expulsado del país, siendo localizado y detenido seis meses después.

La organización, sin embargo, mantuvo presencia y estructura en Siria, y cuando inició la guerra civil en ese país, encontraron la posibilidad de avanzar en una estructura autónoma ante un gobierno central debilitado y enfocado en su supervivencia en otras regiones del país, una posibilidad que se convirtió en necesidad, ante el hostigamiento de grupos islamistas, principalmente árabes, como el autoproclamado Estado Islámico. Lo que hasta entonces no era más que la rama siria del PKK cobró protagonismo propio. Las YPG cobraban protagonismo.

La expansión del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, por su acrónimo norteamericano), cambiaría para siempre el mapa de la Guerra Civil Siria. El esfuerzo por derrocar a Bashar Al Assad, que Estados Unidos había acompañado junto a otros países de la región como Qatar, Arabia Saudita y también Turquía, apoyando a grupos árabes islamistas "moderados", pasó a segundo plano para el país americano, que intentó reconducir a estos grupos para combatir a ISIS, un esfuerzo que terminó en un rotundo fracaso, ya que estos grupos estaban más interesados en combatir a Al Assad que a otro grupo que pregonaba una versión extrema de sus mismas creencias. Para aquel entonces, las fuerzas kurdas resistían el asedio en sus propias ciudades, donde el avance del grupo yihadista parecía imparable. En las fuerzas kurdas, Estados Unidos encontró el aliado en el terreno que necesitaba para la ofensiva contra el grupo terrorista.


Los combatientes rebeldes sirios respaldados por Turquía se dirigen a un área cerca de la frontera sirio-turca al norte de Aleppo.

Siria para Turquía. Siria para EEUU. ¿Siria para los sirios?

Con el apoyo logístico y aéreo de la Casa Blanca, las YPG avanzaron sobre el territorio controlado por el Estado Islámico, llegando a ocupar la tercera parte del territorio sirio. El avance sobre ciudades como Raqqa, conocida como la "capital del califato", y otras ciudades de mayoría árabe, y la necesidad de incorporar a su población llevaron a la fundación de un nuevo agrupamiento, las Fuerzas Democráticas Sirias que, dirigidas por las fuerzas kurdas, constituyen un agrupamiento multiétnico y multirreligioso. La mutación ideológica de Ocalan que, desde la cárcel, pasó del stalinismo tradicional de las insurgencias "de liberación nacional" a un autonomismo confederalista, secular y feminista las convirtió a este grupo en mimado de los medios occidentales, la contracara ideal del Estado Islámico, cuyos ataques en Europa, y sus videos de decapitaciones, asesinatos de homosexuales e "infieles" cumplía con la villanía hasta la caricatura.

Si para Estados Unidos las Fuerzas Democráticas Sirias se constituyeron en el parcero ideal en la pelea contra el Estado Islámico, para Turquía la percepción es de riesgo existencial. Un grupo originado en la insurgencia a la que combate desde hace cuarenta años, controlando un tercio del país que ocupa en su frontera sur. Una afrenta que agrava el hecho de que la expansión se hiciera con apoyo de los Estados Unidos, país aliado en la OTAN desde la década del '50. El asunto se convirtió en una fuente de reclamos y tensiones constantes, que se agravaron cada vez que Erdogan enfrentó dificultades políticas.

Tras, repetidos reclamos y amenazas, una conversación telefónica entre Donald Trump y Erdogan destrabó la situación para Turquía. La Casa Blanca anunció que retiraba las tropas norteamericanas del noreste sirio, que el gobierno turco llevará adelante una operación militar en la región y que se convertía en responsable por los combatientes presos del Estado Islámico. Ayer, Turquía dio comienzo a los ataques con bombardeos y movimientos de tropas en la región de frontera, donde viven, del lado sirio, cientos de miles de personas. Se espera que el avance turco sea realizado mediante campañas aéreas y con un número reducido de tropas aliadas a grupos islamistas árabes.

Afrin, el antecedente

La invasión terrestre turca sobre la frontera siria tiene un antecedente reciente. Desde el comienzo de la guerra civil hasta enero de 2018, la localidad de Afrin, una localidad kurda milenaria, separada del resto de la región donde los kurdos son mayoría, estaba controlada por fuerzas de ese origen y se había mantenido como una región relativamente pacífica. El ingreso de las fuerzas turcas y sus aliados árabes generó el desplazamiento de cientos de miles de personas, y la región ha sido reconfigurada étnicamente. El estado turco es hoy omnipresente en la región, dominada militarmente por fuerzas islamistas.

Con un tercio del territorio sirio bajo su control, las Fuerzas Democráticas Sirias se retiraron de Afrin ofreciendo relativamente poca resistencia. La perspectiva aparece radicalmente distinta en esta coyuntura, donde la invasión sería generalizada. Millones de kurdos y árabes vivieron una situación de relativa tranquilidad en el marco de la devastadora guerra siria. Turquía tiene el segundo ejército de la OTAN detrás del norteamericano. Sin aviación ni armamento de alta sofisticación, las milicias kurdas no tienen oportunidad de enfrentar una invasión militar. Luego de que se produzca, sin embargo, una milicia bien equipada, entrenada tras años de guerra civil en conflictos urbanos y con apoyo en la población, es prácticamente una garantía de inestabilidad y violencia posterior.

Si bien las percepciones de riesgo turcas son compartidas transversalmente por todas las fuerzas políticas nacionalistas turcas, Erdogan decidió lanzar la ofensiva tras ser derrotado en las elecciones locales en las principales ciudades del país. La inevitabilidad de la invasión está mucho más vinculada a cuestiones de coyuntura que a riesgos inminentes para la seguridad turca. Si algo produjo en esta materia la expansión territorial de las fuerzas kurdas en los últimos fue un aumento en la seguridad en la frontera, que antes se encontraba amenazada por las incursiones del Estado Islámico y que se convirtió en objeto de control estricto, tanto por las presiones norteamericanas para evitar irritar a su aliado de la OTAN como por la necesidad de las milicias de no provocar a un potencial rival de dimensiones formidables.

La protección del ejecutivo estadounidense parece haber llegado a su final. Trump justificó la decisión en la idea de no participar de "guerras ridículas y interminables", aunque encontró resistencia en el Congreso, donde el senador republicano y trumpista Lindsey Graham y el demócrata Chris Van Hollen presentaron un paquete de sanciones contra Turquía ser tratado por el Senado en los próximos días. Pase lo que pase, para Estados Unidos, la decisión de retirarse significa una pérdida de imagen frente a sus aliados en el mundo, además del riesgo de que, abocadas a defender la frontera, las fuerzas kurdas descuiden las prisiones donde están detenidos miles de combatientes del Estado Islámico, posibilitando un resurgimiento del grupo.

Para Turquía, la posibilidad de ocupar una porción de la frontera siria tiene objetivos que trascienden la recuperación de la imagen presidencial en medio de una fiebre nacionalista. La apuesta es relocalizar allí al menos un millón de refugiados sirios que se han convertido en un problema creciente para Turquía, que hoy aloja a casi cuatro millones de ellos en su territorio. Un intento de ingeniería poblacional que arabizaría su frontera, acabando con lo que podía convertirse en un ejemplo indeseable para su propia población kurda.

Aún permeables a montones de cuestionamientos válidos, las milicias de las Fuerzas Democráticas Sirias han aportado las poquísimas señales luminosas en un conflicto civil que generó cientos de miles de muertos, millones de refugiados e incontables atrocidades. Una organización que en el corazón de Oriente Medio abrazó un feminismo igualitarista radical, una visión pluriétnica y plurirreligiosa que desafía la sabiduría convencional sobre las poblaciones de la región. La invasión turca pone en riesgo, acaso definitivo, la supervivencia de esa experiencia, y junto con ella, a millones de personas que viven en los territorios que administran. Ni a Estados Unidos ni a Rusia, las superpotencias militares que dominan a voluntad el espacio aéreo de Siria, parece preocuparles.