Los toques de queda en la era de redes

La violencia en Chile y Ecuador se muestra como en una vidriera en tiempo real, destapa abusos y no frena a la población.

Mario Riorda
22 de octubre de 2019 15:10 hs
 
@marioriorda

Hay verdades inmencionables, incómodas. Así lo reflejan los tatemae en la cultura japonesa, prácticas que funcionan como fachada o información que todos saben que no es verdadera, en la que nadie cree ni por un momento, pero cuya adopción es conveniente para sostener un discurso público, como afirman Christopher Hood y Michael Jackson. Matizan verdades no muy placenteras.

Un toque de queda es una prohibición establecida por los gobiernos para circular libremente por las calles de una ciudad o permanecer en lugares públicos, sobre todo en horario nocturno. Su objetivo es recuperar el orden ante conmoción pública, amenazas y una buena cantidad de etcéteras. Una prohibición, una restricción que, de incumplirse, posibilita una acción represiva amparada en la ley. El tema es que la democracia, aún estresada, aún debilitada, no admite abusos a la vieja usanza -aunque sea para frenar a otros abusos-. Al menos en determinados contextos de escepticismo, enojo y frustración social donde el descontento anida en cualquier causa.

Los toques de queda tienen una reminiscencia a épocas para nada democráticas. Son perfectamente defendibles en tanto y en cuanto son instituciones del sistema político consensuado. Sin embargo, no son el mejor recuerdo de la memoria contemporánea de los pueblos. Tienen un anclaje a época de pocas pantallas, las más de las veces controlables y sujetas a edición. Las revoluciones, las revueltas, las protestas, las manifestaciones no tenían registros en tiempo real que siempre fuese fiel a las diferentes partes enfrentadas. Los oficialismos tenían ventaja. Y un toque de queda era también, de uno u otro modo, un acto de censura total o parcial. Tierra de pocas fuentes, más bien gubernamentales. Así, no era inocente la acción en el marco de un toque de queda. Los amantes del orden veían la posibilidad de restablecer el control sin tanta culpa pública y los promotores de protestas apelaban, a lo sumo, a registros fotográficos o al azar de alguna cámara existente en algún momento o lugar que, vía videos, captaban una semblanza parcial del estado de situación que la discrecionalidad de los canales luego aceptaría o rechazaría.

Entonces un toque de queda era un tatemae. Una acción incómoda, inmencionable, poco transparente y parcial, siempre arbitrariamente parcial. Desde la perspectiva de los derechos humanos, no era sencillo aportar pruebas en tiempo real que pudiese torcer un estado de cosas. Entonces los toques de queda generaban miedo. Eran una zona liberada -para las fuerzas del orden- precisamente para oponerse a las zonas liberadas -por las fuerzas disruptivas-. Y el temor a lo que pasaba dentro de ellos, con hechos poco placenteros, poco mencionables, generaban una sensación brumosa para la fiabilidad de los hechos y, por lo tanto, se transformaban en una fuerte disuasión para salir a las calles.

Pero los tiempos cambiaron. Si un presidente se levanta con ánimo de guerra usará imágenes para demostrar que el saqueo, indefendible, intolerable, es dominante en quienes pueblan las calles y aportará registros audiovisuales para legitimar sus acciones y poder frenarlos. Pero no habrá una, habrá cientos de cámaras para captar que miles de adolescentes estudiantes de bachillerato no son soldados insurgentes. O que la ciudadanía de a pie, indignada, no son hordas guerrilleras, ni marxistas leninistas desestabilizadoras. O una cámara captará a un carabinero llorando de tristeza, tanto como a miembros del ejército pegando, dañando con saña a ciudadanos desarmados o directamente disparándoles.

¿Y el efecto del toque de queda entonces? Ya no es el de antes. Paradojal. A más toque de queda, más desafía el pueblo, el que lo hace con paz y también el violento. Un toque de queda hoy, hace público lo que el fenómeno tatemae de otra época tapaba, silenciaba. La violencia está filmada y mostrada como en una vidriera en tiempo real. Y no sólo deslegitima a discursos monolíticos de ambos lados, sino que además destapa. Destapa abusos, destapa solidaridades. Muestra. Muestra movilizaciones que aceleran el contagio, muestra violencia que enardece más y más.

Insisto, vaya paradoja. Un toque de queda abre y no cierra. Un toque de queda clausura la democracia por un rato -aun para quienes quieren protegerla- y los registros digitales exacerban la necesidad de defenderla frente al abuso del estado e incluso frente al abuso de los violentos sin razón.

Tiempos diferentes. Sin filtros. Con movimientos sociales que se articulan a la velocidad de las redes. Ahora habrá que pensar las medidas muy bien para evitar los toques de queda. Habrá que respirar varias veces antes de hablar de guerra dentro de un país. El enemigo, ese enemigo arbitrariamente construido desde el simplismo ideológico no es tal. El enemigo es, incluso, quién puede haberte votado. Un toque de queda en muchos casos, pareciera, debilita más que fortalece -o bien, es el recurso de quién ya está débil-. Habrá que pensar en mecanismos de solución de crisis inéditos en culturas presidenciales fuertes. Habrá que pensar en el diálogo. Más que nunca en mucho diálogo que maticen las bravuconadas de líderes deslegitimados y sociedades hartas de desigualdad.

Mario Riorda es director de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral y presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (ALICE).