Una advertencia regional para la Argentina que viene

La manifestación masiva en Chile y la cuestionada reelección de Evo Morales son indicadores de la insatisfacción de la ciudadanía con su dirigencia.

Martín Schapiro
26 de octubre de 2019 13:10 hs
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Justo cuando en Argentina comenzaba la veda electoral, un millón doscientas mil personas se movilizaban en Santiago, del otro lado de la Cordillera de los Andes, en la mayor concentración de la historia democrática del país vecino. Quizá la mayor de toda su historia. Algo así como uno de cada cinco habitantes de la Región Metropolitana asistieron a la movilización, a pesar que se encontraba bajo Estado de Emergencia, con militares en las calles, toque de queda -que imponía un regreso temprano- y con el más eficiente de sus transportes urbanos -el Metro, cuyo aumento prendió la primera chispa- casi sin funcionar.

A pesar de que las consignas oídas en las calles se vincularan con una demanda igualitaria y atacaran aspectos asentados del modelo chileno, que lo volvieron desigual y estratificado a pesar del crecimiento económico, todos los sectores políticos -inclusive el del presidente Piñera, principal blanco de los cuestionamientos- se rindieron ante la contundencia del número de personas en las calles y terminaron por saludarla. Si la última gran movilización, la Marcha de la Alegría contra la dictadura de Pinochet, había sido encabezada por los partidos que luego moldearían el modelo democrático, estas manifestaciones, que pueden ser leídas como una impugnación de conjunto al lado oscuro y negado de ese modelo, no reconocen líderes evidentes. Una orfandad que había quedado clara en las últimas elecciones, en las que votó menos de la mitad del padrón y la noticia fue la consolidación de espacios a la izquierda de la vieja Concertación y, en menor medida, a la derecha de Chile Vamos, el espacio de centro derecha que conduce Sebastián Piñera.

Evo Morales gobierna Bolivia desde 2005, la economía crece, la inflación es baja y la distribución del ingreso mejora año a año. En este panorama, sin embargo, el Presidente no logró generar una sucesión aceptable y optó por intentar, siguiendo el modelo de otros líderes, como Hugo Chávez o, más atrás en el tiempo, Juan Domingo Perón, una modificación constitucional que le permitiera concurrir indefinidamente como candidato. Fue derrotado en un plebiscito y la Constitución se mantuvo incólume. Ese mazazo de la realidad tampoco alcanzó para generar un sucesor. El partido del presidente, el MAS, interpuso una acción ante el Tribunal Constitucional y obtuvo una declaración de inconstitucionalidad del artículo de la Constitución que prohibía la reelección, por juzgarlo contrario a las previsiones de los Tratados Internacionales de Derechos Humanos de los que Bolivia es suscriptora junto a tantos otros países que tienen cláusulas análogas, sin que jamás hayan merecido observación de ningún órgano internacional.

Las elecciones del último domingo, con el margen estrechísimo que determinó la victoria de Morales, y la derrota casi segura en una eventual segunda vuelta, donde el tercer y cuarto candidato comprometieron su apoyo al opositor más votado, y las circunstancias en que se llegó a este escenario, son garantía de apertura de una etapa de inestabilidad política y enfrentamientos. Aún cuando las auditorías demuestren que no existió fraude en la elección presidencial, el presidente que supo obtener el apoyo de más del sesenta por ciento de los ciudadanos y que, bajo cualquier parámetro, completó los mejores gobiernos de la historia boliviana, tendrá en su legitimidad cuestionada el principal condicionante del nuevo período.

Las crisis en Chile y Bolivia, antes en Ecuador y Perú, siempre en Venezuela y hace algunos años en Brasil tienen, cada una, lecturas propias. También tienen en común una profunda desconfianza, incluso desdén, hacia la capacidad del sistema político de canalizar las demandas de la población. Un escenario novedoso respecto de una década atrás, cuando la "ola rosada" de gobiernos progresistas, y la demanda china, prometían distribución del ingreso y crecimiento que darían sustento a proyectos políticos llamados a permanecer por décadas. Ese ciclo que se suponía estructural, sin embargo, dejó al desnudo sus limitaciones cuando las commodities cedieron sus cotizaciones, mucho antes de lo previsto.

Si de algo, Bolivia y Chile son ejemplo de acumulación de reservas que permitieron suavizar el ciclo y evitar el golpe frontal. La comparación macroeconómica les permitió mostrarse como casos atípicos, cuyos esquemas exitosos los ponían a salvo de la inestabilidad regional. Los últimos años, sin embargo, encendieron luces de alarma. El "derrame exitoso" chileno lo es mucho menos cuando su economía crece por debajo de la tasa de crecimiento global, mientras Bolivia hace frente a las dificultades liquidando las reservas acumuladas a ese efecto durante los años de auge, al tiempo que sus déficits, fiscal y comercial, crecen al ritmo al que se agotan las reservas. Ambos países, tras sus ciclos de crecimiento, siguen dependiendo de su dotación de recursos naturales como fundamento casi excluyente de sus exportaciones, en un esquema que muestra signos de agotamiento. Cuando más necesitan de la política, sin embargo, es cuando ésta más demostró sus carencias.

En una Argentina despistada sobre el rumbo a seguir ante una nueva crisis económica que, como todas las anteriores, amenaza con ser terminal, proliferaron estos últimos años las búsquedas de milagros. Recetas que, seguidas de manera casi mecánica, permitirían crecer y reducir la pobreza. Los "milagros económicos" boliviano y el chileno aportaron a sus proponentes narrativas sobre salidas que, en general, apenas fetichizan como demostraciones irrefutables de los prejuicios sobre el propio país. Un país que, hace tiempo, es consciente de su destino sudamericano, donde la institucionalidad política, sin embargo, sigue dando respuestas satisfactorias al malestar ciudadano, aunque cierra, en materia económica, una nueva década perdida.

La región muestra un desafío para el próximo Presidente que, acaso, reciba de la ciudadanía la última oportunidad de depositar la confianza en su clase dirigente.