La llamada: Donald Trump, el progresismo regional y la relación bilateral

El contacto del presidente estadounidense fue una noticia auspiciosa en una semana oscura para la política exterior albertista.

Martín Schapiro
2 de noviembre de 2019 15:11 hs
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Que Argentina cumpla su compromiso con el FMI y, si hay una renegociación, que sea en el marco de un plan económico. La declaración de Steven Mnuchin, Secretario del Tesoro estadounidense, marcó la cancha rápido y abría presagios de que la negociación con el Fondo Monetario Internacional sería extremadamente compleja. Algo más, incluso, de lo que se preveía entre dirigentes y analistas, que ya miraban a la legislación laboral y previsional local como blanco de los técnicos del organismo internacional. Ese mismo día trascendió por una nota de Bloomberg que las autoridades estadounidense estaban considerando sancionar a España por su actuación en relación a Venezuela, donde los bancos españoles, incluyendo el Banco Central, mantienen operaciones con instituciones públicas del país caribeño. De hacer matemáticas, la suma de ambas noticias daba como resultado muy malos augurios.

El orden, los mensajes concertados y la previsibilidad, sin embargo, no son el fuerte de la administración Trump. Y, un día después, el presidente electo recibió el llamado congratulatorio de su próximo par norteamericano, con un mensaje distinto. Lejos de las advertencias de Mnuchin o del tono formal sobre la amistad histórica de los países que había transmitido en su Twitter el Secretario de Estado Mike Pompeo, Trump saludó efusivamente a Alberto Fernández, lo felicitó por la victoria y prometió apoyo al país en las negociaciones con el Fondo Monetario.

La diferencia de tonos es bienvenida, aún cuando los mensajes no sean del todo contradictorios entre sí, en la medida en que le dan derecho a Fernández a esperar algo de buena voluntad inicial ante un panorama internacional en el que, desde que supo de modo oficial que había triunfado en primera vuelta, todo se oscurecía rápido.

La misma noche de su victoria se dieron a conocer los resultados de las elecciones en Uruguay, donde el Frente Amplio enfrenta un panorama preocupante de cara a la segunda vuelta, en la que todas las propuestas opositoras aunaron fuerzas para evitar que la izquierda alcance los veinte años consecutivos en el gobierno. Uruguay es, en el esquema que esbozó Alberto durante la campaña, mucho más relevante que su mera vecindad, su escasa población y su modelo de prosperidad modesta. Es un factor de estabilidad en una región que se ha vuelto inestable y un actor confiable y moderado que podía mantener posiciones internacionales de no alineamiento con las presiones estadounidenses, sin forzar rupturas ni confrontaciones. Sin pretensiones de liderazgo regional, el Uruguay del Frente Amplio era un socio ideal para una Argentina cuyo principal ámbito de inserción es el Mercosur. La constante apelación de Alberto Fernández a "la posición de Uruguay y México" cuando se conversaba sobre la pertenencia argentina al Grupo de Lima, creado para presionar a Nicolás Maduro.

La relación con México tiene, sin embargo, otra naturaleza. México no es un actor moderado ni tampoco uno regional en el sentido en el que lo son los países de América del Sur. Su principal socio comercial son los Estados Unidos, con los que tienen un tratado de libre comercio cuya vigencia define su economía. Es un país con historia de posiciones contundentes. Su tradición de asilo político durante los tiempos de dictaduras latinoamericanas -hoy otra vez en primer plano ante a las arbitrariedades del gobierno de Lenin Moreno en Ecuador- y su tradición, compartida con la Argentina, de oposición a la injerencia estadounidense en los países del continente, mantienen una gestualidad que el gobierno de López Obrador también recuperó a partir de invitaciones como la que cursó al presidente venezolano a su asunción como presidente. Con cerca de ciento treinta millones de habitantes, México es un país importante, y el acercamiento a López Obrador tiene gravitación simbólica. Un eje progresista que se extendería desde el extremo norte al extremo sur de América Latina y una asociación que aparece como contrapeso de los problemas con Brasil, el otro gigante latinoamericano, hoy alineado de manera casi incondicional con Donald Trump. Aunque sin presiones electorales, el gobierno de AMLO mostró también signos preocupantes estas semanas. La fallida captura de Ovidio Guzmán mostró a un gobierno que o no puede controlar sus fuerzas militares o no puede controlar su territorio. Por otra parte, el mismo jueves se conoció que la economía mexicana, con sus finanzas ordenadas, cayó en la medición interanual por primera vez en una década, con un crecimiento negativo del 0,4%.

Los problemas en Uruguay y México complican el intento del Grupo de Puebla de reconstruir una alternativa progresista regional frente a los gobiernos de centroderecha y derecha del continente, que pueda a su vez tomar distancia de los gobiernos venezolano, nicaragüense y sus masivas violaciones a los derechos humanos.

El intento de llevar claridad sobre la orientación ideológica de la política exterior argentina encontró un obstáculo adicional tras la elección. Si era conocido e insistente el apoyo de Jair Bolsonaro a Mauricio Macri y la posición de Fernández sobre la injusticia de la condena dictada contra Lula Da Silva, las declaraciones del presidente de Brasil, que aseguró que no iba a saludar al ganador en las elecciones, y la posterior escalada de ofensas, que incluyó un ataque personal de Eduardo Bolsonaro al hijo del presidente electo y una declaración (la única hasta ahora desde la cancillería) del Ministro de Relaciones Exteriores alertando sobre un triunfo de "las fuerzas del mal", dan lugar a temores sobre el futuro de la relación, particularmente del Mercosur, donde Bolsonaro presionará contra cualquier intento de protección de la industria nacional, con el probable apoyo de Paraguay y Uruguay, los otros integrantes del bloque.

En una Argentina en crisis, donde las noticias del vecindario tienen un tono gris oscuro y los grandes proyectos políticos, acaso necesarios, se muestran aún frágiles, la buena predisposición estadounidense aparece como una clave relevante para un inicio de la gestión donde las alianzas regionales no serán lo que dotará al país de fortaleza negociadora. Donald Trump mostró, desde el comienzo de su gestión, disposición a entenderse con líderes en principio opuestos a aquello que representa. Sin ir más lejos, su buena relación con López Obrador es muestra de esa disposición. Del mismo modo, también mostró su voluntad a pasar por encima de normas internacionales, relaciones históricas y hasta algunos intereses comerciales de peso para imponerse en negociaciones bilaterales. También allí, su presión sobre México para que endurezca su política migratoria amenazando con quebrar a fuerza de aranceles el tratado de libre comercio que lo une al país fronterizo es buen ejemplo.

La pregunta abierta es, entonces, qué pretende de Argentina el gobierno norteamericano, y si cruza los límites que guían al presidente argentino. Quizás haya algunas pistas. El comunicado de la Casa Blanca habla de "seguridad, democracia y desarrollo económico". La lucha contra el terrorismo, Venezuela, y un acuerdo con el Fondo Monetario parecerían la primera traducción de las prioridades de los Estados Unidos, que encontraron en la administración saliente la voluntad de convertir aquellos deseos en órdenes. Del tono del comunicado, y de las citas conocidas sobre el de Donald Trump, sin embargo, se adivina cierta flexibilidad hacia el nuevo ocupante de la Casa Rosada para administrar ajustes y cambios respecto de lo actuado por el macrismo, mientras otros elementos importantes para la relación bilateral, como el lugar que ocupará China para el nuevo gobierno, no aparecen aún en la discusión.

Argentina, y su sistema político, mostraron resiliencia ante la crisis y se convirtieron en un factor de estabilidad en una región en la que casi ningún país puede presumir de tenerla. Para los Estados Unidos, donde la seguridad y la inmigración son prioridades frente al continente, es un valor en sí mismo. Restará saber cuáles son los límites políticos y económicos dentro de los cuáles preservar esa estabilidad pesa más que la intención de obtener alineamientos incondicionales.