Grupo de Puebla: reconstruir el progresismo latinoamericano

En una coyuntura regional signada por la convulsión, el conjunto de líderes se reunirá en Buenos Aires para debatir alternativas.

Juan Elman
8 de noviembre de 2019 12:11 hs
juan@cenital.com  
@juan_elman

Después de un tiempo en la intemperie, el progresismo latinoamericano vuelve a encender sus motores. El contexto regional, protagonizado por estallidos sociales en Chile, Ecuador y Bolivia, la vuelta del peronismo al poder en Argentina y el fallo que podría dejar a Lula da Silva a pasos de la libertad en Brasil, parecen bocetar un nuevo clima político. Los vientos soplan sin rumbo definido, mucho menos uniforme. Pero lo que es seguro es que las cosas se están moviendo.

En ese marco desembarcará este viernes en Buenos Aires el Grupo de Puebla, que nuclea a 32 líderes del progresismo latinoamericano, de 12 países. Se reunirán en el Hotel Emperador durante el fin de semana para discutir la coyuntura regional. Alberto Fernández, el expresidente colombiano Ernesto Samper y Dilma Rousseff serán algunos de los protagonistas de este segundo encuentro, tras el debut en México.

¿Qué es el Grupo de Puebla?

Ante todo, un grupo de personas -líderes políticos- autoconvocadas. No representan a sus países ni partidos o movimientos sociales. La iniciativa se corporizó este año con los esfuerzos de Marco Enríquez Ominami, ex diputado y candidato presidencial chileno, que fue secundado por Alberto Fernández y Aloizio Mercadante, ex senador brasileño y uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores (PT). Luego se fueron sumando otros líderes como Dilma Rousseff, Rafael Correa, Fernando Lugo, Pepe Mujica, Ernesto Samper y el ex presidente español José Rodríguez Zapatero, entre otros. La gran mayoría de los 32 líderes ha pasado por la función pública, pese a que no todos comparten la misma tradición progresista. El espacio, según relata Ominami a Cenital, busca ser un grupo de reflexión y articulación política. "Trabajamos por la búsqueda de consensos regionales en un continente que ha perdido la batalla de productividad, crecimiento y pobreza, la cual habíamos enfrentado mejor en los últimos gobiernos progresistas", dice Ominami.

La idea de conformar un espacio de reflexión entre líderes ya estaba presente en conversaciones entre Ominami y Fernández cerca del 2009. Fue en el verano de 2019 cuando el deseo comenzó a materializarse. Para eso fue clave el rol de Mercadante, desde Brasil, que empujó para comenzar con una primera reunión. En mayo, apenas unas semanas antes de ser anunciado como candidato, Fernandez y Ominami se decidieron a hacer el salto. Luego de incluir a figuras del progresismo mexicano, del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Morena, la fuerza del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, aunque sin auspicio gubernamental, se decidió convocar a una primera reunión en Puebla, con el visto bueno del gobernador. Fue en julio y pasó mayormente por debajo del radar mediático.

Si bien no hay un programa o eje discursivo común, el espacio apuesta a reconstruir el progresismo regional luego del "avance del modelo conservador", pero con una mirada más pragmática, según detalla Ominami. A diferencia del Foro de San Pablo, "del cual se reconoce heredero y no busca ser un reemplazo", en palabras de Ominami, no hay representantes de Cuba o Venezuela, y no se plantea una confrontación abierta con Estados Unidos. El grupo se ha pronunciado a favor de una salida dialogada en Venezuela y ha reconocido a Evo Morales como presidente de Bolivia.

Las reuniones se convocan cada cuatro meses. Son cerradas y los líderes tienen un tiempo acotado para exponer sobre la situación de sus países para luego debatir. La discusión luego continúa en un grupo de whatsapp, donde están los 32. La agilidad, el intercambio constante, se invoca como requisito.

En busca de incidencia

A diferencia del Grupo de Lima, compuesto por gobiernos del centro a la derecha y casi exclusivamente dedicado a la cuestión venezolana, y del Foro de San Pablo, donde participan partidos políticos y movimientos sociales con un programa ideológico más definido, el Grupo de Puebla no tiene una inscripción categórica. Pese a la inclusión de figuras como Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia y Yeidckol Polevnsky, cercana a AMLO, es Alberto Fernández la única presencia que a priori puede prometer proyección al grupo desde el poder. Esto, claro, si se confirma la tendencia que proyectan las encuestas en Uruguay, donde Luis Lacalle Pou parte como favorito para destronar al Frente Amplio en la segunda vuelta electoral, que se disputará el 24 de noviembre. El gobierno de AMLO hasta ahora se limitó a enviar signos prometedores, como la participación de figuras cercanas en el foro, pero la política exterior no es una prioridad en su gobierno y es pronto para imprimirle un rol de liderazgo.

Para Alejandro Frenkel, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Martín, el grupo puede tener importancia desde el plano simbólico. "Puede ser interesante para plantear una agenda que tenga impacto mediático, pero sin representación de gobiernos o estructuras institucionales es difícil trascender", sostiene en diálogo con Cenital. Para Frenkel, la iniciativa es un indicador de la crisis de las izquierdas en la región. "Hay un intento por generar una nueva identidad del progresismo regional, lejos de Cuba y Venezuela. Se trata de un progresismo más liberal. También refleja la inexistencia de mecanismos regionales que no estén tan ideologizados y donde pueda caber una posición más moderada".

El Grupo de Puebla aspira a ensanchar su proyección a través de la articulación con otros espacios regionales, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), hoy liderada por México, que va a ser discutida en el encuentro de este fin de semana. No está claro qué tipo de vinculación podría tener con instituciones que fueron tejidas cuando la mayoría de gobiernos en la región exudaban un signo progresista, como la UNASUR, hoy virtualmente desarticulada, a la que Alberto Fernández promete relanzar. Los ojos de los optimistas se posan sobre el rol que pueda llegar a cumplir México en la articulación.

"Se nota que hay un intento por diferenciarse del Foro de San Pablo o el ALBA, en una búsqueda de una tercera vía. Puebla plantea una propuesta pragmática frente al neoliberalismo vigente en una región que se está reestructurando. Las economías se han complejizado en el último tiempo y se han abierto y liberalizado, dejando menos lugar para políticas mercadointernistas. Por ahora el grupo no parece cuestionar de manera cabal al modelo extractivista que prima en la región, lo que pone su foco en el terreno político y en la búsqueda de articulación en ese plano, antes que en lo económico", explica a Cenital Luciana Ghiotto, investigadora del CONICET en temas de economía política.

Una región convulsa

El descontento popular continúa en Chile, que comienza a discutir una nueva Constitución. Ecuador todavía se recupera del suyo, unas semanas antes. Perú, con un Congreso clausurado, espera por sus elecciones parlamentarias para menguar su crisis política. En Bolivia la oposición pide la renuncia de Morales, que atraviesa una crisis política sólo comparable con la que tuvo que enfrentar ante las iniciativas separatistas en 2008. Brasil espera por la liberación de Lula. No hay una única narrativa para comprender los movimientos del último tiempo, pero lo que sí parece confirmarse es que esa nueva normalidad en la que había entrado la región con una oleada de gobiernos de centroderecha, con cambios de signo en todos los puntos cardinales del mapa a excepción de la inestable Venezuela y la próspera Bolivia, nunca terminó de asentarse. En este marco, pese a que la coordinación regional podría aportar herramientas, el espacio para la integración es cada vez menor.

"No observo un giro homogéneo en la región sino una fragmentación centrífuga. Potencias extrarregionales como EEUU y China son económicamente más relevantes para cualquier país latinoamericano que los vecinos. En términos de seguridad, en cambio, las amenazas siguen siendo regionales: migraciones masivas, narcotráfico, terrorismo, corrupción. Que el mundo provea oportunidades y la región amenazas tiene una consecuencia: las políticas regionalistas no buscan tanto crear bienes públicos como evitar males públicos. Una interpretación aún más realista es que los foros regionales buscan blindar a sus firmantes (presidentes y expresidentes) de amenazas domésticas: son clubes de presidentes, no organizaciones de integración", sostiene el investigador de la Universidad de Lisboa Andrés Malamud.

Para Frenkel, América Latina vive un momento de fragmentación, donde cada país enfrenta complicaciones. "No hay ideas o consenso mayoritarios. La polarización ideológica hace muy difícil pensar en consensos regionales; nadie ve a las instancias regionales como lugares válidos para coordinar políticas en tanto región", explica. Ante la promesa de que pueda ser un nuevo progresismo quien capitalice el descontento, Frenkel advierte: "Si bien es cierto que el giro a la derecha no se consolidó en los gobiernos y hay poca legitimidad para políticas de ajuste, sí hubo un giro a la derecha en términos de ideas, en la discusión pública".

Ghiotto pone el foco en la transición y cita los ejemplos de México y Chile como signos de que algo puede mutar. "En estos dos países fueron donde más se aplicaron las políticas liberalizadoras y tanto la llegada de López Obrador al poder en el primer caso como el estallido popular en el segundo dan cuenta de un agotamiento. Por ahora es pronto para saberlo, pero quizás esto pueda tener un impacto en relación a la integración regional".

En una región signada por la convulsión, las fuerzas progresistas deberán reconfigurarse para ser otra vez alternativa. Este fin de semana, y a la espera de la liberación de Lula, el Grupo de Puebla buscará tener algo para decir.