Crónicas del golpe en Bolivia

Tras forzar la salida de Evo Morales, florecen la resistencia callejera, la represión y una profunda división social.

Desde La Paz. - El día comenzó bien temprano, en el Aeropuerto Internacional de El Alto, la ciudad que, a 4200 metros sobre el nivel del mar, se ubica encima de La Paz. El taxista nos comenta que está bloqueado el abastecimiento de naftas por las protestas que desde el domingo afectan esta sede industrial. La wiphala se repite en cada calle, locales comerciales o minibus que transita en la ciudad elevada, donde cerca de tres cuartas partes de la población es de origen aymara.

En el centro de La Paz, la situación parecía de relativa tranquilidad. Movimiento de personas, negocios abiertos, una imagen vívida que recordaba a cualquier ciudad latinoamericana y que cedió cuando intentamos llegar a Plaza Murillo, donde se encuentran las sedes de gobierno: en todo el perímetro la circulación de personas estaba restringida, la sede del gobierno que construyó Morales, la Gran Casa del Pueblo, cerrada y la militarización era absoluta, con efectivos de policía militar y del ejército que se contaban por cientos.


La grieta política boliviana está presente en las calles. Bien lejos de las explicaciones sencillas, lineales o autocomplacientes, muchas, muchas personas, espontáneamente o tras alguna pregunta tenían algo para decir. Además de profesionales y clases medias, muchos trabajadores y trabajadoras expresaron sus motivos para apoyar la destitución de Evo Morales. Hablaron de autoritarismo, del referéndum de 2016 desconocido por Evo, de la división social. Casi todos repetían la palabra "fraude" como centro la deslegitimación de Evo (y legitimación del golpe, al que, claro, no llamaban así). Sobre los manifestantes que "bajaban" de El Alto nos decían que eran violentos y pagados. Una palabra era casi constante. Venezuela. El espejo en el que no querían mirarse. Un fonema que, de tan repetido, no remite a un país sino a un conjunto de ideas, juicios y prejuicios sobre lo que se rechaza y a lo que se le teme. Evo, en esos relatos, era ir hacia Venezuela. Toda esta narrativa se oía con normalidad en "gente de a pie", habitantes de La Paz que circulaban volviendo de su trabajo o tareas diarias, lo que indica que ese discurso había colado muy fuerte desde algún tiempo atrás.

Entre los sectores más postergados, los más empobrecidos de todos, el repudio al golpe se nos apareció casi unánime. Las acusaciones de racismo contra la antigua dirigencia de la era pre Morales, la idea de que a partir de ahora pueden perder todo lo ganado, todo eso flota en las reivindicaciones de quienes se sienten agredidos por el gobierno autoproclamado de Jeanine Añez. Pasado el mediodía del día viernes, una marea humana interminable bajó desde El Alto. Miles y miles de personas ocuparon la mitad de la Avenida Mariscal Santa Cruz, en el sentido de circulación de los autos. Cantaban contra (el dirigente cruceño) Camacho, (el ex-candidato presidencial) Mesa y contra la propia Añez. La otra consigna, repetida, era identitaria. "La Wiphala se respeta". La marcha mostraba la abigarrada organización social boliviana: mineros de Oruro, organizaciones mujeres campesinas, vecinos de El Alto. La jornada terminó con gases lacrimógenos. La policía y los manifestantes parecían estar, todos, desconcentrando, cuando sin que se advirtieran agresiones físicas de ninguna clase, los policías arrojaron gases sobre los manifestantes que apenas gritaban consignas mientras esperaban los transportes para volver a sus casas.

Nos enteraríamos después de que la noticia del día era trágica. La muerte de ocho personas en Cochabamba tras un hecho que fue narrado como un enfrentamiento entre integrantes de organizaciones campesinas cocaleras y policías. Un enfrentamiento curioso, según los datos que confirmó, al día siguiente, la Defensora del Pueblo de Bolivia en conferencia de prensa. De la recorrida del organismo por los hospitales de la zona, Nadia Cruz señaló que no había registros de un sólo policía herido. Entre los manifestantes campesinos, en cambio, se contaban varios más, de gravedad, además de los fallecidos.

La defensora señaló el fallecimiento de veintiún personas desde el inicio de la crisis post electoral. Si antes del 11 de noviembre, los fallecidos eran tres, opositores a Evo, en el marco de enfrentamientos entre civiles, luego de esa fecha se habían producido dieciocho muertes, de las cuales catorce fueron en el marco de la actuación de las fuerzas de seguridad. También nos dijo que los medios de comunicación no estaban dando lugar a las demandas de los grupos que rechazaban el golpe de estado, y que era necesario escuchar sus demandas si se buscaba un diálogo fructífero. Nos sugirió visitar el Cabildo que se haría en una estación de teleférico en El Alto. Sin muchas más indicaciones, hacia allí fuimos.

Inaugurado en 2014, cuarenta años después de los primeros esbozos, el sistema Mi Teleférico debería tener su propia crónica. Apenas diremos que sus diez líneas conectan de manera eficiente y sustentable a la segunda y tercera ciudades más pobladas de Bolivia, y resuelven en minutos los problemas de conectividad entre dos urbes pegadas, pero separadas entre sí por cientos de metros de altura. El Alto es la región más pobre del Área Metropolitana. Llegamos y caminamos bastante, entre calles anchas y casas construidas unánimemente sin revoque. La diferencia con una La Paz mucho más disputada en términos políticos, de opiniones y pintadas, era evidente. Todos los grafitis y pintadas, eran contra el golpe o a favor de Evo Morales. Después de caminar en línea recta cerca de un kilómetro, nos encontramos con una enorme asamblea de vecinos alteños. Difícil avanzar entre la gran cantidad de gente. Alguna mirada de desconfianza hacia dos gringos que nadie sabía qué hacían, hasta que dijimos la palabra mágica. Periodistas.

Acompañándonos y corriendo la voz, nos hicieron pasar entre miles de personas, y nos invitaron a seguir lo que sucedía desde el escenario. En aquel Cabildo había ánimo de resistencia. Dirigentes locales y otros de colectivos indígenas provenientes de otras regiones de Bolivia se turnaban para hablar ante una asamblea de miles de personas, en la que las mociones se votaban a mano alzada y, si había alguna divergencia se llevaba, de abajo hacia arriba, obligando al dirigente que hablaba a pronunciarse. Entre oradores y concurrentes, ganaban el repudio a la represión, al gobierno autoproclamado y a algunos dirigentes locales que en los últimos días habían llamado a no seguir movilizados. Y se completaba con la defensa de los enormes logros obtenidos durante los años de Evo Morales, en lo material y en lo simbólico. Aprobaron intensificar los bloqueos y profundizar la lucha.


En el Cabildo de El Alto no había medios de comunicación nacionales, salvo una radio local. Ni para apoyarlo, ni para criticarlo. Simplemente ese Cabildo, al que se podía llegar desde el centro de La Paz en 20 minutos, era ignorado como si no existiera. Esa ausencia fue un reclamo que se repitió, al igual que en la manifestación del viernes. De haber estado allí, hubieran tenido que escuchar a los dirigentes repudiar cualquier acto de vandalismo y daños a las propiedades, sin menguar la firmeza del reclamo o de los medios a emplear. Arriba y abajo del escenario agradecieron enormemente nuestra presencia, y hasta nos sugirieron decir unas palabras, algo a lo que accedimos, no sin cierta vergüenza. Dirigentes y personas de a pie a las que, demás está decirlo, no conocíamos, nos abrazaron y, a veces emocionados, nos dieron las gracias simplemente por estar. Un ruego repetido: "no nos dejen solos".

Militarización, represión y hasta cobertura legal para los uniformados que cometan delitos. Todos estos condimentos aparecen en el decreto firmado por Añez y sus ministros que fue conocido ayer a la tarde. Una grieta social profunda, que permite a un gobierno sin ninguna legitimidad de origen, cuya base es un golpe de estado, afirmarse y seguir actuando y tomando decisiones. Antes de renunciar, Evo Morales había aceptado establecer una mesa de diálogo y celebrar nuevas elecciones. Más allá de las controversias, ningún analista niega que el líder indígena aún conserva cerca de la mitad de los apoyos de los bolivianos. El rechazo de la propuesta electoral de Morales achicó los caminos posibles para la dirigencia golpista: si no hay elecciones, el camino sería la represión violenta a sus partidarios y bases sociales. Eso es, efectivamente, lo que vimos en estos días en Bolivia. Así como pudimos ver las manifestaciones, la represión, la militarización de una ciudad, nos fue imposible contactar con dirigentes políticos del MAS. La respuesta fue siempre la misma: no había seguridad alguna para concertar esos encuentros. El sábado nos avisan que habría una conferencia de prensa de la bancada de Senadores y Diputados del MAS en el palacio legislativo. Pero cuando quisimos llegar, un retén policial nos recibió las credenciales periodísticas y nos la devolvió con un amable pero lacónico: "no estamos permitiendo el paso de la prensa".

Entre el gobierno de policías y militares, la resistencia de quienes no quieren volver a ser ciudadanos de segunda y una sociedad partida, nos quedó alguna nota para el optimismo sobre un posible regreso al Estado de Derecho. Era casi unánime la idea de no aceptar ningún retroceso en la nacionalización de los recursos naturales, y también en la solución preferida al estado de conflicto. Elecciones, con el MAS participando de ellas. Unos y otros, gente de pie, pro y contra Evo, políticos en la televisión, periodistas, todos acordaban que ese debía ser el próximo paso en la crisis. En un clima social donde las protestas no merman en su ímpetu, mientras escribimos esto y La Paz aguarda la llegada de otra enorme movilización desde varios puntos del interior, al gobierno autoproclamado le costará enormemente ignorar la voluntad popular.