Un Macron para Europa: Júpiter renueva su apuesta

El presidente francés busca aprovechar el fin de la era Merkel y el Brexit para tomar las riendas de la Unión y reencauzarla hacia la senda de la relevancia global.

Juan Elman
19 de noviembre de 2019 11:11 hs
juan@cenital.com  
@juan_elman

Una simple búsqueda de Google alcanza para confirmarlo: cerca de cumplir su tercer año de mandato, Emmanuel Macron genera más ruido por lo que hace en Bruselas que en París. La ley primera de un experimento político proyectado y sostenido desde fuera.

La prensa francesa lo bautizó Júpiter, por el rey de los dioses romanos, un apodo inspirado en su estilo personal, tachado de arrogante, y su forma de gobernar, un presidencialismo con ínfulas monárquicas, con poco espacio para los cuerpos intermedios. El propio Macron lo había utilizado para describir a la presidencia francesa pero luego la prensa, con cierta malicia, lo resignificó. En su llegada al poder en 2017, luego de vencer en balotaje a la candidata de ultraderecha Marine Le Pen, Macron desplegó una ambición: transformar a Francia y a Europa en un mismo mandato. Recuperar para ambas el lugar que el mundo les había robado. Portaba con orgullo las etiquetas de europeísta y liberal, en un momento en que los discursos nacionalistas se encontraban en auge.

Macron se las ingenió para implementar algunas reformas en Francia -en Educación y Trabajo, entre otras-, aunque encontrara resistencia por parte de algunos sectores de la sociedad civil. En Bruselas tuvo menos suerte: Merkel, eslabón necesario para cualquier tipo de reforma a nivel europeo, demoró la mayoría de los proyectos de Macron, como la ampliación de la zona euro, y nuevos compromisos en materia de Defensa y tecnológica. Pero el inevitable descenso de Júpiter y sus ambiciones se dio a finales del año pasado cuando los "chalecos amarillos", un movimiento proveniente de la periferia del país, desencadenó una ola de protestas en la capital y otras ciudades a raíz de un aumento en el precio del combustible, una medida que formaba parte del proyecto ambiental del presidente. Macron se vio obligado a hacer concesiones, dar vuelta atrás con la medida y demorar otras, mientras se abocó en un tour por el interior del país dispuesto a "escuchar" a los franceses. Un golpe rotundo a su ambición europea.

A mediados de 2019 Macron volvió a la carga. Para ese entonces el movimiento de los chalecos amarillos había quedado desarticulado y sus protestas apenas reunían gente. Macron fue el gran vencedor de las Elecciones Europeas de mayo, donde su grupo parlamentario -los liberales europeístas- quedó en tercer lugar y accedió al reparto de poder junto con las dos fuerzas dominantes tradicionales, los conservadores y los socialdemócratas, que perdieron escaños. Júpiter envió a su compatriota Christine Lagarde al Banco Central Europeo, al compañero liberal Charles Michel al Consejo y fue decisivo para que la alemana Ursula Von der Leyen quede al mando de la Comisión Europea, ofreciéndole una victoria compartida a Merkel. También peleó (y ganó) para que el español Josep Borrell asuma como Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión.

En diciembre asumirá la próxima Comisión, que coincidirá con la retirada de Reino Unido y el fin de la carrera política de Merkel, que ya avisó que dejará el poder en 2021. Con Rusia y China en la órbita, y sin la posibilidad de confiar en Estados Unidos, Europa se abre ante un nuevo periodo. Y Macron, otra vez, tiene algo para decir.

Una aspiración renovada

Lo hizo en una entrevista al semanario británico The Economist, el 7 de noviembre. Allí, Macron apuntó contra todos. Afirmó que Europa "desaparecerá si no logra pensarse a sí misma como potencia global" y que se encuentra en un estado de "excepcional fragilidad". Enumeró tres grandes motivos: el haber olvidado el componente comunitario y solidario ante el triunfo de la idea de mercado; el cambio en la posición de Estados Unidos, que según sus palabras ya no comparte el proyecto europeo; y el reequilibrio global con el ascenso de China. Achacó a Alemania por ser la gran ganadora de la "disfuncionalidad" de la zona euro, a la que califica como "insostenible", y planteó revisar de cara a la próxima Comisión los límites fiscales, una obsesión de Berlín a la que considera anticuada. Decretó a la OTAN, la alianza militar entre Europa y Estados Unidos, con presencia turca, como en un estado de "muerte cerebral" e instó a recuperar la "soberanía militar" de Europa, que debe valerse por sí misma. También volvió a repetir su propuesta de repensar la relación con Rusia. La entrevista recorrió el mundo.

Sus dichos cayeron mal en Bruselas y en Berlín, donde Merkel lo criticó por haber elegido "palabras drásticas" y se distanció en relación a la OTAN: "Esa no es mi visión de cooperación", declaró. Von der Leyen también se distanció de sus dichos respecto a la alianza militar y Donald Tusk, el actual presidente del Consejo Europeo, lo comparó con Viktor Orban, el primer ministro húngaro que se encuentra en un enfrentamiento abierto con Bruselas. Pero Macron cumplió el objetivo: sacudió el avispero y puso a sus ambiciones otra vez en primer plano.

El timing no fue casual. La entrevista apareció cuando faltan apenas unas semanas para que asuman las nuevas autoridades de la Unión y luego de un octubre convulso, donde el Parlamento Europeo rechazó a su candidata para ser la comisaria por Francia (cada país de la Unión nomina a un comisario para representar sus intereses) y Macron vetó la incorporación de Albania y Macedonia del Norte al bloque, algo que el actual presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, calificó como un "error histórico".

Macron quiere ser el próximo líder de Europa, e imprimirle otro rol en el escenario global, con mayor autonomía respecto a Estados Unidos y China y con mayores capacidades en el plano militar y tecnológico. Aspira a reconstruir el espacio común europeo y acercar a las clases medias que le han dado la espalda. Pero no es el primer primer mandatario francés en prometerlo y gran parte de las condiciones que dificultaron que su discurso refundacional se lleve a la práctica en la primera mitad de su mandato siguen presentes.

Entre el vacío y la debilidad francesa

La condición inmediata que alimenta un eventual liderazgo es la posición que ocupará ante una nueva Comisión en la que se ha asegurado algunos puestos de peso y en un momento en el que Merkel, que debe lidiar con una débil coalición de gobierno en Alemania, se prepara para decir adiós, mientras su virtual sucesora, Annegret Kramp-Karrenbauer, no exhibe las mismas credenciales. Con Italia y España abocados a la inestabilidad doméstica, y con Reino Unido consumando su salida, Francia, de la mano de Macron, podría llenar el vacío.

Desde sus inicios Macron ha sabido posicionarse como uno de los defensores del orden multilateral -es el abanderado autoproclamado en la lucha contra el cambio climático-, una credencial que ha revalidado en los últimos meses: fue quien lideró el reclamo a Bolsonaro tras los incendios en el Amazonas, condicionando la firma francesa al acuerdo UE-Mercosur a que Brasil cumpla con sus requisitos medioambientales, e intentó oficiar como mediador entre Irán y Estados Unidos en la última cumbre del G7, de la que fue anfitrión. También se ha erigido como interlocutor entre la Rusia de Putin y la Europa política.

Los escépticos se posan, en primer lugar, en el estilo de Macron, que no ha logrado suscitar apoyos en el resto de Europa. Su perfil agresivo y provocador, a veces arrogante, no suele encajar con los otros mandatarios; los plazos burocráticos de Bruselas y su dinámica política propia chocan también con el proyecto político macroniano, que desconfía de los cuerpos intermedios y de las negociaciones prolongadas.

En segundo lugar, si bien el liderazgo de Macron se proyecta hacia afuera, la inestabilidad doméstica puede ser -y ha demostrado ser- una traba: sigue siendo un presidente impopular, con un nivel de rechazo superior al 60% y una aceptación cercana al 30%. Si bien la potencia de los chalecos amarillos ha mermado, el país se aboca a discutir una reforma previsional, uno de los proyectos más ambiciosos y cruciales de su gobierno, que puede volver a despertar el descontento y sacar a los franceses a la calle. El vaso medio lleno para Macron es que el sistema político francés aún se encuentra en transición, con los dos partidos tradicionales en crisis, la izquierda debilitada y los Verdes sin proyecto propio, convirtiendo a Marine Le Pen otra vez en la favorita para enfrentarlo en 2022. La líder de ultraderecha ha achicado la ventaja en los sondeos, pero por ahora volvería a perder en una segunda vuelta.

Pero de todos los problemas, es la relativa debilidad francesa frente a Alemania lo que obstaculiza en mayor medida sus ambiciones. Fue la intransigencia inicial de Merkel lo que frenó gran parte de las iniciativas y las que se aprobaron, como el acuerdo para establecer un presupuesto común, lo hicieron con su aval. Pero son varios los que alertan que, aún sin Merkel, Alemania va a seguir ostentando el liderazgo de Europa como única potencia regional, aunque pueda soslayar su presencia diplomática. Algunos analistas sugieren que, sin Reino Unido, que supo actuar como un contrapeso en el eje franco-alemán, la asimetría de poder entre ambos países puede desnudarse como nunca antes. Qué va a suceder con Alemania sin Merkel y si Macron puede revertir parte de la hegemonía bávara es algo que deberá ser respondido para evaluar la viabilidad de su proyecto refundacional.

Esta semana Macron dará otro paso en su pulso por hacerse del liderazgo de Europa, esta vez con un enfoque más amistoso. Será en el marco de las reuniones de la OTAN y la Unión Europea en Bruselas, donde propondrá nuevos criterios para la admisión de países, buscando sortear el conflicto de octubre por el veto a los balcánicos, y presentará propuestas para el nuevo rol que Europa debería tomar en la arena global.

Una semana después recibirá a Alberto Fernández.