Estados Unidos, sanciones para Rusia que apuntan a Alemania

Las medidas contra el megaproyecto gasífero que unirá Moscú y Berlín ponen a la relación entre los norteamericanos y Europa otra vez sobre la mesa. Angela Merkel no está feliz.

Juan Elman
24 de diciembre de 2019 11:12 hs
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El látigo no descansa. Después de la tregua en la batalla comercial con China, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, vuelve a posar la mirada sobre Europa. Esta semana anunció sanciones a las empresas que participan en la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que conectará a Rusia con Alemania. El argumento: que el proyecto supone un riesgo para la seguridad europea, principalmente para Ucrania.

La maniobra afecta más que nada a una firma italiana y otra suiza, que trabajaban con las tuberías. Esta última, Allseas, ya avisó que se retirará del proyecto para evitar represalias, lo que inevitablemente demorará la inauguración del gasoducto, que tendrá una longitud de 1200 kilómetros, costará más de 10.000 millones de euros y permitirá transportar unos 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año, provenientes de Moscú.

La decisión agudiza la tensión entre Estados Unidos y Alemania, que calificó a las sanciones como una "injerencia" por parte de Washington, aunque no amenazó con retaliar. Fue Rusia quien recogió el guante: el canciller Lavrov avisó que el Kremlin estaba preparando medidas para dar respuesta.

¿Qué es Nord Stream 2 y por qué causa tanta controversia?

El gasoducto que conecta Rusia con Alemania es el segundo de ese tipo, tras la inauguración en 2011 de un primer proyecto tejido en 2005 entre Putin y Gerhard Schroeder, continuado por su sucesora, Angela Merkel. La conexión directa, que atraviesa el Báltico y ahorra costos en el transporte de gas natural, tiene a Alemania como máximo beneficiario.

Los críticos del proyecto aseguran que el gasoducto aumenta la dependencia de Rusia como único proveedor, algo que resultaría poco estratégico dado los intereses geopolíticos del país en Europa Oriental. El Kremlin, a través del gigante estatal Gazprom, ya es un gran exportador de gas a Europa, pero lo hace a través de intermediarios como Polonia o Ucrania, ambos críticos de este proyecto y rivales de Rusia. Para Ucrania, que mantiene un conflicto militar con Moscú, la pérdida de influencia y dinero -hoy Rusia le tiene que pagar para transportar el gas- que implicaría la terminación del proyecto sería una complicación de cara a las negociaciones bélicas.

Cuando fue anunciado, hubo críticas al interior de la Unión, que desembocaron en la revisión de algunos puntos. Trump, por su parte, critica a Alemania por el proyecto desde su llegada al poder, y las amenazas de sanciones ya orbitan hace unos meses. El consenso es bipartidario: el Congreso las respalda y las advertencias vienen desde la época en que Obama era presidente. Para Estados Unidos no se trata únicamente de una obra que mejora la posición de un rival como Rusia. Los norteamericanos exportan a Europa gas natural licuado y se verían perjudicados por el gasoducto, que ahorra significativamente los costos de importación para los europeos.

El timing de la maniobra puede ser llamativa. En parte porque quedan aproximadamente 300 kilómetros por construir de un gasoducto de 1200. En segundo lugar, el argumento de que las sanciones se aplican para proteger los intereses de Ucrania chocan con el acuerdo tejido hace unos días entre dicho país y Rusia, en el que el Kremlin se compromete a seguir transitando gas vía Ucrania, al margen del gasoducto. El clima de tensión entre ambos países se redujo notablemente tras la cumbre entre Putin y el premier ucraniano Zelensky en las últimas semanas, donde se acordó una hoja de ruta para empezar a desactivar el conflicto militar en el Este de la ex república soviética.

Una vez más, Trump utiliza las sanciones como instrumento de su política exterior. El sentido suele ser doble: tienen impacto material -en este caso el gasoducto- y simbólico, como mensaje a otros líderes del mundo.

Mientras la tensión con China se reduce tras la tregua comercial, Trump vuelve a poner el foco en Europa y en Alemania, una relación deteriorada desde su llegada al poder. El magnate achaca a los alemanes que, a pesar de sus superávits fiscales, su gasto en Defensa es menor al dispuesto por la OTAN, alianza militar en la que ambos países confluyen. Trump mantiene declaraciones ambiguas respecto a la alianza. La ha puesto en duda en sus primeros meses; ahora dice defenderla. Esta semana volvió a tomar distancia tanto de Alemania como de Rusia. Lo hizo, dice, para velar por la seguridad de Europa.

Hay quienes dicen que, ante la eminente rivalidad con la potencia asiática, Estados Unidos debe cambiar sus señales para el viejo continente. Si esto significa el principio de un nuevo enfoque o simplemente obedece al clásico manual trumpista de golpes y negociaciones es algo que empezará a vislumbrarse el año que viene.