Trump: más allá de las líneas enemigas

El asesinato de Qassem Soleimani en un ataque con drones ordenado por el presidente estadounidense arriesga una escalada de violencia en una región ya convulsionada, al tiempo que añade nuevos riesgos para la legalidad y convivencia internacional.

Martín Schapiro
3 de enero de 2020 17:01 hs
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La noticia, a última hora del jueves, resonó en todo el mundo. En un ataque con drones, Estados Unidos había asesinado en territorio iraquí a Qassem Soleimani, el comandante de la Fuerza Quds, el cuerpo de élite de la Guardia Revolucionaria iraní. Las redes sociales, prontas para la histeria, se poblaron de hashtags que invitaban a la Tercera Guerra Mundial, una que sucedería -indefectiblemente- bien lejos de nuestro territorio. En medio de las alarmas, el Presidente estadounidense festejaba con un tuit sin texto. La bandera estadounidense, en una imagen pixelada de bajísima calidad, como celebración de victoria.

Irak venía de días de enfrentamientos. Milicias armadas por Irán habían atacado objetivos del gobierno, provocando la muerte de un contratista estadounidense. La respuesta norteamericana no se hizo esperar. Estados Unidos bombardeó posiciones de los milicianos en Irak y Siria. A su vez, ese ataque fue respondido con una manifestación armada que rodeó la Embajada estadounidense en Irak, un sitio que puso en riesgo a los estadounidenses allí presentes, pero que se saldó sin fallecidos. Esta vez, la respuesta del gobierno de Donald Trump fue inesperadamente dura. No solo asesinó al jefe de la milicia iraní Khataib Hezbollah, sino también al comandante iraní, Soleimani.

Qassem Soleimani era el militar más importante de Irán. Comandante del cuerpo de élite del país, de la fuerza creada para garantizar la lealtad armada a la Revolución Islámica de 1979. Veterano de la guerra de Irak, desde 1998 era el hombre a cargo de las operaciones en el extranjero. Quizás curiosamente, su primera aproximación a los Estados Unidos fue a partir de la colaboración implícita entre ambos ante la invasión de Afganistán, cuando una fuerza dirigida por los Estados unidos derrocó al gobierno del Talibán, que hospedaba a Osama Bin Laden, responsable de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Una confluencia que volvería a suceder en Irak y Siria en 2014, luego de la expansión del autoproclamado Estado Islámico cuando -cuentan las crónicas- un acuerdo implícito previno cualquier enfrentamiento o interferencia entre las milicias apoyadas por uno u otro bando. Cada una de estas treguas y confluencias fue breve, pero las coincidencias circunstanciales trajeron, casi siempre, el mismo resultado: Irán fortalecido y aumento de la influencia de sus grupos irregulares aliados. Soleimani era uno de los responsables de concebir las estrategias que garantizaron la repetición de esos resultados.

Por las características de su propia actuación que lo involucró como máximo responsable en el apoyo a grupos armados enfrentados a Estados Unidos y sus aliados, el general iraní se convirtió objetivamente en un enemigo del país del norte. Las milicias chiitas en Irak, a las que Soleimani alimentó, fueron responsables de varios de los ataques más efectivos contra las tropas estadounidenses. Otros apoyos de Irán incluyen a los Hutíes de Yemen, enfrentados a Arabia Saudita, el aliado más confiable de Estados Unidos en la región entre los países de mayoría musulmana y al Hezbollah libanés, el grupo armado irregular más poderoso del mundo, enfrentado a Israel, el mayor aliado estratégico estadounidense con el que la administración Trump construyó un vínculo, si cabe, aún más cercano. En ese contexto, ningún actor de la política norteamericana lamentó su muerte. Sin embargo, las respuestas de los dirigentes demócratas se alejaron del festejo, y cuestionaron sobre las posibles consecuencias de la acción decidida por el presidente.

Nadie sabe, hoy, cuáles serán las consecuencias del ataque. Todos, sin embargo, esperan una reacción. Los países, normalmente, no asesinan altos funcionarios de otros con los que no están en guerra. Cuando lo hacen, por lo demás, no suelen asumir la autoría. Estados Unidos ya había dado el paso de designar a la Guardia Revolucionaria, un ejército oficial de un estado miembro de Naciones Unidas al que reconoce, como una organización terrorista. Asesinar a su principal comandante y festejarlo públicamente es dar otro paso inédito entre naciones que no están en guerra. El alto perfil del fallecido y la declamación pública de autoría prácticamente obligan a Irán a reaccionar.

Donald Trump había mostrado hace tiempo que no temía romper los consensos de política exterior relacionados a Irán. Su antecesor, Barack Obama, había negociado un trabajoso acuerdo junto a Rusia, China, Francia, el Reino Unido y Alemania por el que Irán se comprometía a desmantelar su programa nuclear a cambio del levantamiento de varias sanciones económicas. El consenso de todos los observadores es que el acuerdo se estaba cumpliendo, y que Irán estaba más lejos de desarrollar un arma atómica. Sin embargo, para Trump y los halcones republicanos, los beneficios del acuerdo eran escasos y podía obtenerse más, por lo que se retiró del acuerdo y restableció las sanciones, bajo el cálculo de que, ahogando la economía iraní, forzaría un regreso a la mesa de negociaciones en mejores condiciones para Estados Unidos. De momento, un primer error de cálculo.

El acuerdo nuclear en Irán había generado resquemores entre aquellos que se oponían a las negociaciones con Estados Unidos, por convicción o porque afectaban sus propios intereses. Uno de los representantes de ese sector era el propio Soleimani. Sostenían que Estados Unidos no era un interlocutor confiable o que las concesiones eran excesivas para la ganancia iraní. La salida del acuerdo nuclear dio razones a estos sectores. La efectividad de las sanciones económicas en dañar la economía iraní no fue tal en forzar un retroceso. La dirigencia islamista, que se permitió prolongar una guerra devastadora con más de un millón de muertos, cuando el Irak de Saddam Hussein que intentó invadir Irán en la década del ochenta, no iba a hacer condiciones adicionales a las que ya se habían hecho. En cambio, decidió apostar a su propia estrategia de aumento de la presión para obligar a Estados Unidos a negociar. Mientras la economía se ahogaba, Irán aumentaba su presencia y agresividad en Siria, Irak, Irán, Yemen y hasta Palestina, por sí misma o por sus grupos armados afines, poniendo en riesgo la seguridad israelí o el comercio petrolero de los países del Golfo aliados a los Estados Unidos como Arabia Saudita o Emiratos Árabes. Los peores años de la economía fueron, paradójicamente, los de mayor aumento de su influencia regional en la época reciente.

Trump encontró un rival que, a diferencia de México o China, no estaba dispuesto a hacer concesiones y, tras algunos meses de paciencia, decidió responder escalando la situación en mayor medida. Soleimani había ganado popularidad en Irak durante el combate al Estado Islámico, que le había valido estatus heroico en el país. Últimamente, sin embargo, su responsabilidad en la represión de protestas a ambos lados de la frontera con centenas de manifestantes asesinados podía comenzar a horadar su figura. Su muerte, a nivel interno, agiganta su mito y calla los cuestionamientos. Es también un golpe a la República Islámica, a cuyo servicio había puesto sus enormes capacidades estratégicas. Ordenar el asesinato de un dirigente de tan alto rango, descartando un error, supone la evaluación de que el adversario no está en condiciones de responder a la altura.

No hay simetría posible entre Irán y Estados Unidos. Las capacidades militares de uno y otro son incomparables, y eso hace complejo pensar en una respuesta militar iraní de gran escala y por sus propios medios, que arriesgue a sufrir una invasión. Sin embargo, Irán dispone de montones de opciones distintas de una guerra abierta para responder. Podría intensificar aún más la presión utilizando las milicias que le responden en la región, intentando involucrar en enfrentamientos costosos a Israel o Arabia Saudita. Dadas las sensibilidades de la región, una respuesta dañina dirigida a Israel podría tener mejores resultados a nivel de opinión pública de sus vecinos, aunque sería también la alternativa más riesgosa.

Hay quienes saludan la aparición de Donald Trump, y su habilidad para correr los velos de la política internacional. Lejos de las razones y los derechos invocados, habría quedado al desnudo el puro poder que siempre justificó, en última instancia las relaciones entre países. El corrimiento de los velos, sin embargo, tiene enormes riesgos. Las sanciones unilaterales como herramienta de presión para obtener otros objetivos, como la ejercida sobre México en materia migratoria, o la retirada de acuerdos multilaterales como el compromiso climático firmado en París, con fundamento en que Estados Unidos sencillamente puede porque nadie es capaz de sancionarlo, muestran un patrón preocupante. Difícilmente alguien pueda garantizar que otros actores poderosos como China y Rusia imiten a Estados Unidos y aprovechen para actuar en la medida en que no haya un actor más poderoso dispuesto a disuadirlos por la amenaza de la fuerza. El asesinato de Soleimani añade otro capítulo a esta tendencia, quizás el más grave, apenas atenuado por su presencia no oficial fuera de su país. A partir de hoy, todos los gobiernos del mundo, y todos sus funcionarios, enfrentan un mayor riesgo.

En el mundo sin reglas, pierden los más débiles.